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Una sesión de Física inolvidable

Recién obtenido el título de licenciatura, durante una temporada ofrecí clases particulares. En una de ellas tuve un alumno inolvidable, Julio. Vino a casa por recomendación de un familiar para que le ayudara con las asignaturas de ciencias, en especial con la Física y las Matemáticas, que según me dijo en la presentación, “se le daban bastante mal”. Tenía razón. Había llegado a los 17 años e iba a repetir primero del viejo BUP, que solía comenzarse a los quince. En opinión de su madre era inteligente y simpático; si llevaba dos años de retraso académico se debía a que andaba siempre distraído con ocupaciones que le interesaban más.

Así las cosas, entendí que una parte importante de mi trabajo consistía en animarle y poner las condiciones para que obtuviera éxito, de modo que los primeros días le planteé unos ejercicios tan sencillos que mi sobrina de quinto de primaria los resolvió fácilmente. Observé que Julio los resolvía con alguna dificultad y que en algunos casos necesitaba dos o tres intentos para dar con la respuesta correcta. No tengo por costumbre dudar de las afirmaciones que madres y padres hacen sobre sus hijos, pero en este caso no pude evitarlo.

La sesión

Cuando ya habíamos pasado cuatro sesiones de dos horas haciendo ejercicios de un nivel indigno, (con gran satisfacción por su parte), me animé a emplear los primeros problemas de su libro de texto. Yo no sabía dónde me había metido. Fue una experiencia extraordinaria, que paso a relatar:

– Julio, ¿cuántos minutos tiene una hora?

– ¡Veinticuatro!

Respondió rápidamente y con seguridad.

La respuesta me hizo sospechar que no íbamos muy bien. Insistí en la pregunta.

– Julio, por favor. Fíjate bien y responde. ¿cuántos minutos tiene una hora?

Respondió con mayor énfasis:

– ¡¡Veinticuatro!!

Me lo tomé con calma. Le sugerí que mirara su reloj, pero su maldito reloj era digital. Le enseñé un reloj de cocina. Le sonreí. Volví a la carga:

– Julio, ¿cuántos minutos tiene una hora?

Esta vez se impacientó. En verdad, yo me estaba poniendo pesado. Le había hecho la misma pregunta tres veces. Elevó la voz para dar una respuesta que era una pregunta con un toque de indignación:

– ¿Qué no son veinticuatro?

Hice una exhibición de simpatía fingida y pasamos un ratito entretenidos en contar las rayitas del reloj de cocina. A Julio le gustó el procedimiento. Resultó que había sesenta rayitas. Llegamos al acuerdo de que una hora tenía sesenta minutos. Aceptó convencido, quizá.

A la vista de que estábamos avanzando y con la intención de acercarme al objetivo planteado para la sesión, pasamos a una pregunta de mayor enjundia:

– Si un vehículo viaja a sesenta kilómetros por hora, ¿cuántos kilómetros recorrerá en una hora?

Julio, tras pensarlo un poco, respondió:

– Cuarenta, cincuenta, …

Le pedí que reflexionara un momento antes de responder, pero no cambió nada:

– Cuarenta, cincuenta, …

Esta vez me impacienté yo, pero conseguí que mi voz se mantuviera en el tono quedo y amistoso que convenía al caso:

– Julio, te he dado datos para que me des una respuesta concreta.

– ¡Cuarenta!

Tras el necesario diálogo posterior, conseguimos un acuerdo satisfactorio. Finalmente, estuvimos de acuerdo en que si un vehículo viaja a sesenta kilómetros por hora recorre sesenta kilómetros en una hora.

El progreso era evidente. Estaba exultante. Hicimos algún ejercicio más para confirmar el aprendizaje. Por ejemplo, estuvimos conformes en que, si un vehículo se mueve a ochenta kilómetros por hora, recorre ochenta kilómetros en una hora.

Demasiado

Cuando lo pienso en retrospectiva, creo que con el éxito me crecí. Le puse un ejercicio que por fin se acercaba al nivel que debía conseguir si tenía intención de aprobar alguna vez la asignatura. Reconozco que quizá fue una prueba demasiado difícil, aunque en algunos momentos, viéndole calcular en silencio, me ilusioné.

– A las 10 de la mañana, un vehículo A sale del punto a en dirección al punto b y viaja con una velocidad constante de sesenta kilómetros por hora. Al mismo tiempo, un vehículo B sale del punto b hacia el punto a y viaja con una velocidad constante de 30 kilómetros por hora. La distancia entre los puntos a y b es de noventa kilómetros. ¿Cuánto tiempo tardarán en encontrarse?

Pensó, calculó, repensó y recalculó. Mientras estaba atareado con el problema, tuve tiempo para comer un bocadillo. A la media hora pregunté si había acabado y me dijo que le faltaba muy poco. Tomé café. Volví justo cuando estaba escribiendo las últimas letras de la solución. Me entregó el papel con ademán de triunfador. Visiblemente satisfecho, había escrito:

– El primer vehículo se encontrará con el segundo a las diez y media y el segundo con el primero a las once y media.

Y no encontré palabras. Se acabó la sesión.

Creo que fue aquel día cuando decidí dedicar mi vida a la docencia.

© Sensio Carratalà Beguer

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