Cuando era un estudiante despistado de Biología alguien me hizo por primera vez la broma: ¿tú eres de bota o de bata? No caí en la cuenta, pero luego aprendí que la diferencia indumentaria, en principio poco importante, era una forma simplista de señalar dos grandes opciones profesionales.
Bota y bata
La gente de bota es la que trabaja en la naturaleza, disfruta del paisaje, viaja, recorre el territorio, cruza ríos, bucea, sube montañas, desciende barrancos y se introduce en cuevas para llevar a cabo sus estudios. En su versión heroica suele implicar a menudo pasar largas temporadas de incomodidad, buscar refugio ante tormentas, soportar el sol del verano y el frío invernal, sufrir averías, afrontar peligros e incluso correr riesgos personales más o menos graves en función del lugar a donde se haya dirigido la investigación.
Por el contrario, la investigación de las gentes de bata suele realizarse en entornos controlados, casi siempre en laboratorios con acceso a biblioteca, despacho, teléfono, ordenador y aire acondicionado. De bata indica generalmente una actitud menos aventurera, un horario relativamente estable, la posibilidad de una vida familiar urbana y estable, con ducha y cuarto de baño y fines de semana libres para hacer vida social y practicar deportes. Y las gentes de bata del sur de California tienen, según se cuenta, el privilegio de poder compaginar la investigación y el surf.
En realidad, por supuesto, para investigar en Antropología, ambos tipos de trabajo, (campo y laboratorio, no el surf), son necesarios y más complementarios que incompatibles.
La cultura antropológica clásica
Ahora, si le parece bien, imagine usted que ha pasado toda su vida profesional en África buscando restos fósiles de homínidos, excavando en diversos lugares. Ha tenido que pedir permisos a las autoridades, ha preguntado a la población local, ha tenido que confiar en guías para recorrer lugares ignotos, ha estado trabajando en yacimientos de difícil acceso, viviendo precariamente en tiendas de campaña e incluso alguna vez ha necesitado protección para llegar al yacimiento que investiga.
Con el tiempo se ha convertido en un experto en planificación de viajes y ha memorizado al detalle los fósiles descubiertos hasta la fecha, ha visitado a los museos africanos donde se guardan los restos de homínidos descubiertos, (quizá los clasificó usted mismo), que a veces no tienen solamente valor científico y se convierten en tesoros nacionales celosamente custodiados. En alguna ocasión, gajes del oficio, ha vivido la tristeza de regresar sin un hallazgo interesante que compensara el esfuerzo.
Cuando ha tenido usted la suerte de hallar fósiles valiosos ha tenido que escarbar pacientemente, con suavidad, limpiar con pincel, completar rompecabezas imposibles, reforzar y unir fragmentos de huesos, contener la respiración hasta estabilizar las muestras y empaquetar cuidadosamente todo el material para que resista el traqueteo del transporte hasta el lugar seguro donde sea posible estudiarlo todo con tranquilidad y los medios necesarios. Conoce por el tacto cada fragmento de “sus” huesos y es capaz de detectar la menor diferencia entre “sus” fósiles y los hallados por otros equipos.
Sobre el terreno, ha cartografiado el yacimiento, ha tomado nota de cada estrato del yacimiento y anotado sus características geológicas. Ha determinado trabajosamente la edad de “su” fósil. Luego, ha preparado cuidadosamente el texto y los dibujos para intentar publicar sus descubrimientos en una revista científica de prestigio. Ha vivido relaciones de amistad y competencia con gente de bota que busca lo mismo que usted y que ha vivido con mayor o menor fortuna experiencias parecidas a las suyas. Ha mantenido en lugares ignotos reuniones para comparar datos, establecer y dataciones, acordar semejanzas y señalar diferencias.
Por seguir imaginando, suponga que ha concluido las investigaciones de campo, ha recibido ya los informes remitidos por los laboratorios lejanos que han analizado sus muestras y con su grupo de colegas ha llegado a un acuerdo de gran importancia sobre algunos hitos fundamentales en la evolución humana. Tras una larga deliberación, ha llegado a la conclusión de que la divergencia entre el linaje humano y el resto de simios antropoides ocurrió hace 25 millones de años. Otros equipos de trabajo han obtenido resultados semejantes. Tiene motivos para sentir una profunda y merecida satisfacción. Su trabajo ha sido reconocido entre colegas de su “tribu” y el resultado, 25 millones de años, es una certeza asegurada por una base científica sólida sobre la que piensa seguir trabajando en el futuro inmediato.
Un reloj para los homínidos
En 1978, Allan Wilson y Vincent Sarich, se propusieron aplicar el método de Zuckerkandl y Pauling[1] al grupo de homínidos y construir un árbol filogenético de algunos animales. Su propósito era determinar la fecha en que el linaje humano se separó de sus parientes más cercanos. De tener éxito, el impacto de su investigación sería extraordinario.
Pero en aquella época el trabajo tenía tres de las características menos deseables para cualquier investigación. Se adivinaba laborioso, complejo e incierto en cuanto a los resultados que cabría esperar. Su labor consistía principalmente en secuenciar proteínas, lo cual, según cuenta J. D. Watson, era un trabajo “ímprobo, engorroso y desalentador”[2]. Tuvieron suerte. En un momento dado, Wilson y Sarich descubrieron que la inmunología podía facilitarles mucho la tarea.
Descubrimiento, olvido, redescubrimiento
Al parecer, Ignoraban que, en el ya lejano 1904, George H. F. Nuttall había demostrado que era posible clasificar a los animales mediante el método inmunológico. Sherwood L. Washburn recupera su memoria:
“El método de Nuttall dio buenos resultados en los diversos trabajos en que se utilizó, pero su popularidad fue tan escasa como la conseguida por la hipótesis de Wegener[3]. Hace menos de diez años que se ha demostrado que los resultados obtenidos con los métodos inmunológicos concuerdan con los basados en la comparación de las secuencias de aminoácidos de ciertas proteínas y con los estudios de la secuencia de nucleótidos del ADN. Ello ha permitido el desarrollo de una nueva disciplina: la taxonomía molecular. Al igual que los métodos basados en el empleo de isótopos radiactivos para determinar las fechas absolutas, las técnicas moleculares son objetivas y cuantitativas, es decir, dan los mismos resultados en manos de distintos investigadores.” [4]
Como ocurre a veces en ciencia, Wilson y Sarich dieron con un método que había sido ya descubierto, ignorado y olvidado.
El método inmunológico
Cuando se introduce una proteína extraña en un organismo, el sistema inmunológico la identifica como un objeto extraño al organismo y reacciona, es decir, la bloquea. Sin embargo, no todas las proteínas extrañas inducen la misma reacción por parte del sistema inmunitario. Si las moléculas proteicas introducidas son idénticas a las humanas no provocan respuesta inmunológica. En cambio, la entrada de moléculas muy diferentes de las humanas en el torrente sanguíneo humano provoca una intensa reacción por parte del sistema inmunitario. En la respuesta inmunitaria hay grados.
Wilson y Sarich comenzaron comprobando que las respuestas inmunológicas eran más o menos intensas en distintas especies. Por ejemplo, reacción inmunitaria humana ante la insulina de canguro era mucho más potente que la reacción producida frente a la insulina de chimpancé.
Con los datos obtenidos establecieron las distancias entre las proteínas de los animales. El número de variaciones entre moléculas de proteínas similares[5] de distintos animales podía cuantificarse. A partir de este dato, era posible deducir la distancia filogenética entre pares de especies.
Calibrar el reloj
Pero no bastaba con tener idea del orden en que habían sucedido los eventos de disyunción filogenética. La construcción de árboles filogenéticos completos exigía incorporar medidas de tiempo.
Wilson y Sarich necesitaban calibrar el reloj evolutivo molecular[6]. Para hacer este ajuste se valieron de los datos más fiables procedentes de la paleontología. Partieron de un punto de divergencia bien conocido, sobre cuya antigüedad existía acuerdo general. La separación entre monos del viejo y del nuevo mundo tuvo lugar hace 30 millones de años. Los datos paleontológicos y geológicos, incluida la datación radiactiva coincidían. Campo y laboratorio estaban de acuerdo.
Resulta curioso considerar que el cálculo de la edad de un fósil conlleva una propuesta de reconciliación entre los dos colectivos, porque requiere colaboración científica entre campo y laboratorio. Un grupo aporta los fósiles y los datos obtenidos en el yacimiento. El otro aporta las técnicas de laboratorio que permiten establecer la antigüedad de los fósiles analizados.
Una vez se dio por hecho que la divergencia entre los dos grandes grupos de primates ocurrió hace 30 millones de años, los datos sobre las diferencias en proteínas equivalentes de distintos organismos en relación con el reloj molecular podrían determinar otro gran evento, la separación entre primates que llevó por un lado a los seres humanos y por otro lado al grupo más próximo, el de los simios antropoides gorila, chimpancé y bonobo. Cabía suponer que el ritmo de sustitución de aminoácidos de las cadenas peptídicas había sido más o menos constante.
Una irrupción desconsiderada
Imagine de nuevo. Usted es una de las buenas personas que han dedicado su vida a la antropología de campo. Ha ido a excavar a lugares apartados, a menudo desérticos y conflictivos, de África. De acuerdo con sus colegas, ha adquirido la firme convicción de que la separación entre homínidos y simios antropoides se produjo hacía 25 millones de años.
Y hete aquí que dos jóvenes y audaces investigadores completamente desconocidos, que trabajan en su confortable laboratorio de Berkeley, California y que quizá no hayan visto un fósil en su vida, publican un artículo que enmienda la plana a toda su tribu con una simple cifra que lo cambia todo.
Con su método inmunológico de análisis de secuencias peptídicas, Wilson y Sarich determinaron que la separación entre homínidos y monos antropoides no se produjo hace 25 millones de años, como usted asumía, sino que data de apenas 5 millones de años.
El alarido se repitió de campamento en campamento, se oyó en todo en todo el planeta de la antropología de campo y resonó en la estratosfera como una enorme bofetada llegada por sorpresa desde el extremo del mundo.
Una de las reacciones más comedidas fue el airado consejo de que esos genetistas intrusos y advenedizos se dedicaran a sus moscas y dejaran los humanos a los antropólogos. Otras reacciones no fueron tan comedidas, aunque sí comprensibles y demasiado fáciles de imaginar.
Epílogo
Cuando amainó la tormenta hubo que reconocer que Wilson y Sarich tenían bastante razón. Análisis posteriores validaron su método y hubo que aceptar que sus cálculos eran aproximadamente correctos.[7] En un artículo retrospectivo, escrito en 1992 a propósito de otra investigación de impacto, Wilson y Cann comentaron:
“… Tiempo atrás, creían éstos que la división entre los humanos y los antropomorfos ocurrió hace 25 millones de años; nosotros manteníamos que los genes de humanos y antropomorfos eran demasiado parecidos para que el cisma se remontara más allá de algunos, pocos, millones de años. Tras 15 años de porfía, ganamos la partida, al admitir los paleontólogos que la razón estaba de parte nuestra.”[8]
Y el genial Stephen Jay Gould, paleontólogo de moluscos, pero paleontólogo al fin y al cabo, acepta en su famoso libro El pulgar del panda que[9]
“… . Desde luego, el reloj en cuestión no mide con la regularidad de un buen reloj de pulsera (ha sido llamado el «reloj chapucero» por uno de sus principales promotores), pero rara vez se ha equivocado del todo.”
Y continua con la siguiente consideración metida entre paréntesis:
“… . (Supongo que ahora perderé 10 dólares que aposté con Allan Wilson hace algunos años. Él me ofreció generosamente siete millones de años como edad máxima del antepasado común al hombre y al simio, pero yo aposté que serían más. Y, si bien es cierto que no tengo intención de pagar aún, en realidad no tengo esperanzas de cobrar).”
Finalmente, en nota a pie de página, el paleontólogo se rinde:
“Enero de 1980. Acabo de pagar. Mejor será empezar la nueva década como es debido.”
© Sensio Carratalà Beguer
NOTAS
[1] Zuckerkandl y Pauling propusieron la hipótesis del reloj evolutivo molecular
[2] J. D. Watson, A. Berry. ADN el secreto de la vida. 2003. Taurus. Pág. 244.
[3] Se refiere a la hipótesis de la deriva continental, propuesta por Alfred Wegener en 1912, que fue descartada e incluso ridiculizada en su época. Aunque el mecanismo que propuso era incorrecto, sustentó en pruebas sólidas la idea de que los continentes habían cambiado de lugar a lo largo del tiempo geológico y su teoría es precedente de la actual Tectónica de Placas, que no llegó a formularse hasta 1965.
[4] Sherwood L. Washburn. La evolución de la especie humana. En Investigación y Ciencia. Abril 1986. Pág. 135.
[5] Proteínas casi idénticas que llevan a cabo la misma función. Por ejemplo: insulina de chimpancé e insulina humana, o cadena α de hemoglobina humana y cadena α de hemoglobina de caballo, (la hemoglobina tiene cuatro cadenas, 2 α y 2 β).
[6] Para mayor información sobre el reloj molecular: https://sensio.com.es/el-reloj-evolutivo-molecular/
[7] El reloj evolutivo molecular sigue siendo un campo de investigación activo y estimulante.
[8] Allan C. Wilson y Rebecca L. Cann. Origen africano reciente de los humanos. Investigación y Ciencia, nº 189. Junio de 1992.
[9] Stephen Jay Gould. The Panda’s Thumb: More Reflections in Natural History. 1980. W. W. Norton & Company. Traducción en: Stephen Jay Gould. El pulgar del panda. 2006. Crítica. Págs. 118-119.
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