Criterios de clasificación

Sobre la mesa

Sobre la mesa, frente a mí, hay un pequeño ordenador que he conectado a una pantalla, a un teclado y a un ratón; lo empleo sobre todo para escribir, casi he olvidado escribir a mano. Hay algunas cosas más: un soporte para elevar la pantalla, un atril con un libro, un pasador de cremallera roto que no sé de dónde ha salido, una regleta para enchufar los aparatos eléctricos, una lámina de corcho que uso como alfombrilla para el ratón, un vaso de agua sobre un posavasos, dos altavoces pequeños, una bolsa de caramelos de menta sin azúcar (aunque con polialcoholes, que tienen las mismas calorías y acción laxante en dosis altas), una cartera, unas llaves y una bandeja de acero inoxidable que contiene una servilleta, instrucciones para montar un ventilador, un bote de repelente para mosquitos, un tubo de pegamento, un par de clavos, unas bridas de plástico y un destornillador. Según voy anotando este breve inventario de trastos me doy cuenta de que más de la mitad son inútiles para escribir y no deberían estar aquí.

Inopinadamente acabo de dividir los objetos de la mesa en dos grupos: útiles para escribir y no útiles para escribir. Es decir, he distribuido varios objetos en clases según un criterio. El criterio que acabo de emplear es de utilidad para un fin. Es un criterio arbitrario, que he escogido porque en este momento me resulta útil. Cuando me pongo a escribir, mediante la simplísima clasificación de la figura puedo descartar de un plumazo todos los objetos de la clase “no útiles para escribir”.

Podría haber clasificado los objetos por su color, por el material de que están hechos, por si necesitan corriente eléctrica para funcionar, según su fealdad o belleza, o por si pienso utilizarlos esta mañana o no, etc. Cambiaré de criterio en cuanto me convenga y entonces los objetos quedarán clasificados de otro modo; quizá en otro momento lo haga. A eso me refiero al decir que estoy empleando un criterio arbitrario. El resultado depende de cómo son los objetos, pero también de mí, del criterio escogido.

Árbol, lechuza, interruptor

Cada día entramos en contacto con una ingente variedad de seres. Los clasificamos sin remedio, inadvertidamente, porque las clasificaciones simplifican, nos facilitan la vida.

Clasificar consiste en agrupar unidades en clases, algo que hacemos permanentemente. Se llama clasificación tanto a la tarea como el resultado de clasificar. En una clasificación puede haber clases dentro de clases dentro de clases, dentro de clases… Cada clase se distingue del resto porque cumple ciertas condiciones, los criterios de clasificación.

Taxones son las subdivisiones de una clasificación que incluyen todas sus ramificaciones.

Interruptor define cualquier objeto que interrumpe/conecta la corriente eléctrica, sea del tipo que sea, y hay interruptores de distintos formatos, algunos de diseños muy audaces. Lechuza define a un conjunto de animales; hay muchas lechuzas, hay hembras, machos, crías; las hay de varias especies y a cualquiera de ellas puede aplicarse por igual con pleno derecho el sustantivo lechuza. Árbol es un tipo de organismo vegetal; hay miles de millones de árboles de decenas de miles de especies y nos podemos referir a cada uno de ellos mediante la palabra árbol. Los sustantivos nos facilitan el pensamiento y la comunicación acerca de la inmensa cantidad de seres que encontramos.

Por supuesto, podemos encariñarnos con una lechuza en particular, con un árbol familiar e incluso (hay gente para todo) con un interruptor en particular y darles nombre propio. Sin embargo, a diferencia de los nombres propios, que se refieren a individuos, los sustantivos que empleamos habitualmente definen clases, agrupaciones de unidades semejantes, taxones. Cuando decimos taxista, escoba, roca, pato o pantera nos referimos a clases, estamos clasificando. Clasificar es una de nuestras actividades inevitables. No me refiero aquí a la clasificación científica, que tiene particulares exigencias.  

Conviene reconocer que los sustantivos que solemos emplear en la vida cotidiana no son instrumentos de gran precisión. No hay dos árboles iguales, ni dos lechuzas iguales, ni siquiera dos interruptores iguales, por muy parecidos que sean. Es sabido que ni siquiera los hermanos gemelos univitelinos son exactamente iguales. Pero cuando escuchamos a alguien decir que va a instalar un interruptor sabemos aproximadamente qué es y para qué sirve. Si alguien señala un punto en la distancia y pronuncia la palabra lechuza, sabemos a qué se refiere.

Con los años aprendemos también que la idea vulgar “si has visto un árbol (o una lechuza, o un interruptor) ya los has visto todos” es muy limitada. Árbol (o lechuza, o interruptor) es una categoría tan amplia que da cabida a miríadas de individuos muy diferentes entre sí. A menudo necesitamos mayor concreción, distinguir un subgrupo particular de árboles, (o de interruptores, o de lechuzas), con determinadas características. Una planta en particular puede ser un árbol, que puede ser un olivo, concretamente un olivo de variedad arbequina, etc., hasta llegar a la clase que nos da la información deseada.

Clasificar para …

Las clasificaciones no son productos naturales, sino abstracciones de la mente humana. Sin embargo, las buenas clasificaciones guardan una relación de correspondencia con el mundo real. Precisamente por eso resultan útiles.

Clasificar un conjunto de seres implica dividirlo en subgrupos, bien mediante otros sustantivos o con adjetivos o expresiones que establecen las características que nos interesan: árboles frutales o no frutales, lechuzas claras u oscuras, interruptores de corriente alterna o de corriente continua, etc. Con ello, a partir de criterios arbitrarios, escogidos según nuestro interés, construimos clasificaciones sencillas, utilitarias: producción de frutos, aspecto, compatibilidad con nuestra instalación eléctrica, etc. Podemos hacerlas más y más complejas por adición de subdivisiones sucesivas hasta conseguir grupos homogéneos cuyos elementos se ajusten a criterios tan restrictivos como nos convenga.

La ilustración superior muestra el resultado de emplear los mismos criterios en distinto orden. No se puede decir si una es mejor o peor que la otra. Las clasificaciones tienen finalidad. Se hacen para conseguir un resultado, sea ordenar las mercancías de un almacén, sea para hacer un inventario de recursos naturales o cualquier otro. Cabe hacer distintas clasificaciones de los mismos objetos en función de distintas finalidades. Para cada una de ellas se escogen criterios de clasificación pertinentes.

Las clasificaciones permiten centrarnos en la parte del mundo exterior que nos interesa en cada caso y evitar el inacabable trabajo de lidiar con millones de seres individuales en todas las situaciones. Ayudan a poner orden en nuestro pensamiento a la hora de abordar el disperso y multitudinario caos de seres que nos rodean. Si tengo que clavar una alcayata en una pared busco un martillo, puedo descartar todos los objetos que no sean martillos.

Cuestión de criterio

Clasificar es una tarea intelectual que requiere establecer criterios de clasificación pertinentes y emplearlos para dividir un conjunto en subconjuntos identificables que reúnen individuos con determinadas características comunes.

Si prosigo la clasificación dividiendo los grupos sucesivamente, los organismos que quedan separados nunca volverán a estar juntos. Desde muchos puntos de vista la mariposa morfo y el ditisco se parecen mucho más entre sí que al resto de animales citados, al igual que el atún y el pez cirujano, por poner otro ejemplo. El orden de los criterios de clasificación importa.

Clasificar ordena individuos según criterios preestablecidos. Como ocurre con casi todo en la vida, hay clasificaciones buenas y malas. Buena parte de estas últimas se debe a la elección de criterios de clasificación inapropiados por erróneos o simplemente irrelevantes.

Forma de árbol

  • por su función prevista: para despacho, para comedor, para auditorio, para salón, para jardín, para cocina, …
  • por los materiales que las componen: de madera, de metal, de plástico, de varios materiales combinados, …
  • por su color,
  • por su precio,

Cualquiera de estas y otras clasificaciones puede servir para un propósito. De modo semejante, si clasificamos seres vivos, también podemos emplear múltiples criterios:

  • con alas o sin alas
  • fotosintéticos o no fotosintéticos
  • comestibles o no comestibles
  • acuáticos o terrestres
  • venenosos o no venenosos

Si quiero hacer una foto de un ser vivo para decorar mi habitación, me interesará sobre todo su aspecto. Si quiero alimentarme, buscaré uno comestible y me interesará su sabor. Si quiero obtener piel, …

Un criterio de clasificación agrupa cierto número de seres vivos que a su vez pueden subdividirse según un segundo criterio de clasificación, que reunirá un grupo de organismos más reducido, que a su vez podrá subdividirse de nuevo según un tercer criterio de clasificación, que …

Si clasifico seres vivos según el medio en que viven, puedo hacer un grupo con los que viven en el medio acuático, de entre los cuales algunos viven en agua salada, de entre los cuales algunos viven cerca de la costa, de entre los cuales hay algunos que habitan enterrados en los fondos arenosos, etc.

La figura muestra una representación gráfica del párrafo anterior. Puede observarse la ramificación del esquema, que justifica la denominación de árbol. Aquí se ha expandido una sola rama, pero todas las ramas podrían expandirse de la misma manera. Los seres vivos no acuáticos podrían clasificarse en subterráneos y no subterráneos, por ejemplo.  

Clasificar para comprender

El ejemplo anterior muestra una clasificación dicotómica, en la que cada ramificación es disyuntiva, con dos ramas mutuamente excluyentes, sin casos intermedios. Las clasificaciones dicotómicas se emplean profusamente para la identificación de especies por su claridad.

En busca de la “verdad”

El interés en poner orden en la variedad de la vida mediante la clasificación comenzó en la antigua Grecia, decayó durante casi mil años hasta el punto de que se hicieron libros que eran meros inventarios acríticos donde las plantas y los animales llegaron a ser presentados en orden alfabético y se les atribuyó a menudo propiedades fabulosas. La recuperación de los textos originales griegos llevó a un resurgimiento de la investigación y a partir del siglo XVIII se produjo el impulso que ha llevado a la situación actual.

A partir del Renacimiento, el deseo de hacer una clasificación “verdadera” de los seres vivos fue una constante en el estudio de la diversidad de la vida. Es fácil entender la preocupación del botánico Andrea Cesalpino que, en su esfuerzo por clasificar el mundo vegetal, dejó escrito en 1583:

Todas las especies del mundo

Entendemos la Biodiversidad mediante la clasificación, pero confeccionamos la clasificación desde el conocimiento de la Biodiversidad. El conocimiento profundo de los distintos seres vivos es necesario para reconocer las características fundamentales con las que establecer los criterios de clasificación.

El árbol toma vida

© Sensio Carratalà Beguer


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