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Sobre «La ciencia en una sociedad libre», de Paul Feyerabend

Comentario sobre La ciencia en una sociedad libre, de Paul Feyerabend

Empezando

Paul Feyerabend tiene toda la pinta de ser el provocador más feliz de la Tierra. No digo esto de forma irrespetuosa pero tampoco lo hago con admiración (en el sentido laudatorio). Me parece que simplemente constato. Se diría que está muy contento de haberse conocido y que ello le otorga una gran confianza en sí mismo. Dígase que esta rápida y temeraria presentación, hecha sin perjuicio de la validez de sus aportaciones, todavía por considerar, nace del impacto que me causa su forma de producirse en este texto.

De hecho, me siento mucho más capaz de percibir (¿barruntar?) sus actitudes que de introducirme con la habilidad que imagino necesaria en el nudo de su hilo argumental. La filosofía nunca ha sido mi fuerte, tal vez por falta de paciencia, así que en este comentario trataré fundamentalmente de señalar las principales cuestiones planteadas, arriesgando en algún caso mi propia opinión si me siento capaz de ello.

Un índice como pocos

Si de algunos libros debe destacarse el índice, éste es uno de ellos. Vale la pena verlo:

Prefacio

PRIMERA PARTE

RAZÓN Y PRÁCTICA

  1. A vueltas con el Tratado contra el método.
  2. Razón y práctica.
  3. Acerca de la crítica cosmológica de los criterios.
  4. <<Todo vale>>
  5. La <<revolución copernicana>>
  6. Aristóteles no ha muerto
  7. Inconmensurabilidad

SEGUNDA PARTE

LA CIENCIA EN UNA SOCIEDAD LIBRE

  1. Dos preguntas
  2. El predominio de la ciencia, una amenaza para la democracia
  3. El espectro del relativismo
  4. El juicio democrático rechaza la <<Verdad>> y la opinión de los expertos
  5. La opinión de los expertos es a menudo interesada y poco fiable y requiere un control exterior
  6. El extraño caso de la astrología
  7. El hombre de la calle puede y debe supervisar la ciencia
  8. La ciencia tampoco es preferible por sus resultados
  9. La ciencia es una ideología más y debe ser separada del Estado de la misma forma que la religión ya está separada de éste
  • Origen de las ideas de este ensayo

TERCERA PARTE

CONVERSACIONES CON ANALFABETOS

  1. Respuesta al profesor Agassi (con una posdata)
  2. La lógica, la alfabetización y el profesor Gellner
  3. Fábulas marxistas desde Australia
  4. Del profesionalismo incompetente a la imcompetencia profesionalizada: la aparición de una nueva casta de intelectuales
  5. ¿Vida en la LSE?

Índice de nombres

El índice sugiere una estructura in crescendo. La primera parte hace referencia a un libro anterior, de explícito título, “Tratado contra el método”, que éste amplía, precisa y desarrolla; no parece especialmente llamativa, tiene la función de fundamentar la segunda parte del libre y conectarla oportunamente con el libro anterior. Comentar este libro sin haber leído el anterior es, desde luego, una incorrección, sólo justificada por la prisa y por el carácter académico de este ejercicio. Sin embargo, “La ciencia en una sociedad libre” tiene la suficiente independencia como para no ser tomada como una simple fracción de la obra completa, de ahí que su comentario en solitario resulte razonable.

En lo que se refiere estrictamente al índice, la cadencia de esta primera parte es sencilla y comprensible: referencia obligada a “Tratado contra el método” considerado como punto de partida, distinción y relación entre razón y práctica, debate acerca del valor universal de los criterios para llegar al “todo vale”, y, a partir de aquí, revisión de diversas explicaciones para el paso al copernicanismo, reconocimiento de la omnipresencia aristotélica e iniciación al problema de la comparación entre distintos dominios teóricos.

La segunda parte lleva significativamente el mismo título del libro, “La ciencia en una sociedad libre”, no en vano es la que establece lo que parecen ser las “reglas del juego” del señor Feyerabend. Para mí, esta parte es, en realidad, el libro.

Aquí está también el crescendo a que me refería. Tras dos preguntas fundamentales, “¿qué es la ciencia? y  “¿qué ventajas tiene la ciencia?”, llega una afirmación fuerte: la ciencia es una amenaza para la democracia. El pequeño capítulo sobre el relativismo de las tradiciones sociales aparece como lo que los comentaristas del ciclismo denominan “un falso llano” en pleno ascenso, justificado por la necesidad de tomar impulso. Por cierto, me hubiera gustado una definición de la palabra tradición, tan importante en este libro.

Con renovadas fuerzas, llega una tacada de afirmaciones contundentes. La verdadera democracia es incompatible con la “verdad” y también con la opinión de los expertos, es casi un corolario inmediato de Stuart Mill. La desconfianza en los expertos como clase con intereses particulares distintos de los de la sociedad contiene el delicioso ejemplo titulado “prueba de Von Neumann”, que ilustra la fuerza del prestigio entre los círculos de expertos al tiempo que aprovecha la ocasión para satirizar tal prestigio y por ende a tales expertos, cuya sociedad particular tampoco es democrática.

Nada como una “Declaración de 186 científicos” contra la astrología para poner en evidencia hasta donde los expertos pueden llegar a meter la pata. Tengo entendido que la declaración tenía que ver con los celos de los “auténticos científicos” contra las seudociencias y también con la guerra por conseguir presupuestos, sobre todo en Estados Unidos. Feyerabend no considera las circunstancias, ni aquí ni en “Diálogo sobre el método” donde también trata el caso. Muestra la piel de plátano que causó el resbalón y aprovecha para acusar al conjunto de expertos de intentar obtener el poder sobre las mentes por medios que demuestran además su falta de honradez.
No queda más salida que el control de la ciencia por parte de lo que él llama “el hombre de la calle”. Propone que las decisiones que están en manos de los expertos pasen a manos del hombre de la calle, quien puede perfectamente descubrir los errores de los especialistas si “trabaja duro”. Me parece algo ingenuo, pero razonable.
Destrozados los científicos en su papel social de expertos, su ataque se centra ahora en la ciencia. Dos capítulos se encargan de fulminarla: no hay garantías de excelencia para la ciencia y “la ciencia tampoco es preferible por sus resultados”. ¿Qué hacer con la ciencia entonces? La conclusión de Feyerabend es que la ciencia debe ser tratada en la sociedad como si fuera una botella de gas butano, con precaución. La precaución consiste básicamente en tenerla a distancia de cualquier estructura de poder. Sobre todo, la ciencia debe estar separada del estado. “La ciencia es una ideología más”.
Hay un último capítulo en esta parte. Podría ser de hecho una nota, ya que trata del origen de sus ideas. Es casi una pequeña autobiografía y cuenta sus contactos con un muy selecto grupo de profesores entre los que se hallan Popper, Schrödinger, Hayek, y Wittgenstein. Anoto, por sorprendente, una de sus últimas frases: “Nestroy, George S. Kaufman y Aristóteles están en mi escala de valores muy por encima de Kant, Einstein y sus anémicos imitadores.”
Resulta que Nestroy fue un notable dramaturgo austríaco que da nombre al principal premio de teatro en alemán. George S. Kaufman otro dramaturgo, estadounidense, que ganó el premio Pulitzer de teatro y escribió, entre otras muchas obras, el guión de Una noche en la ópera. Feyerabend ha escogido autores satíricos para coronar su peculiar escala de valores.

Pequeño comentario

Descrito así el desarrollo del libro parece bastante previsible. Uno recuerda las
partes de la obra de teatro clásico: presentación del problema, nudo y desenlace. La primera parte, titulada “Razón y práctica” es una reafirmación de los planteamientos establecidos en el “Tratado contra el método”, por tanto se ajusta muy bien al esperado papel de definir el punto de partida, más aún cuando abundan las citas, las acotaciones, las puntualizaciones, las precisiones terminológicas …
El nudo queda bien anudado con la serie de afirmaciones comentadas que componen la segunda parte. Es una forma beligerante y atractiva de hacer las cosas, creo. Quien lee el libro no puede evitar una opinión intuitiva acerca de cada uno de las proposiciones; luego se encuentra con que la originalidad del autor ofrece alternativas inesperadas y al final del proceso se diluye el interés de la intuición inicial y la promesa de un contraste de pareceres se resuelve en un recorrido sorprendente a través de los vericuetos de una mente que hace un reto de cada alternativa, que no rehuye el choque (más bien lo busca) y que, por eso mismo, acaba por mostrar igualmente las debilidades ajenas como las propias. Sólo cuando se reflexiona sobre lo ya leído y se dispone de un hilo de Ariadna que permita volver sobre los propios pasos es posible prescindir de la brillantez evanescente del texto y establecer una crítica más rigurosa y menos emotiva. Entonces es cuando aparecen en toda su desnudez las frases prodigadas con tanta alegría y se manifiesta la hasta entonces inadvertida falta de sillares.

Una tercera parte muy particular

A Paul Feyerabend le deben sobrar los amigos. De lo contrario no se explica su
interés por quitárselos de encima. Fue discípulo de Popper, (“es un mero propagandista”) que incluso le ayudó en un tiempo a conseguir trabajo, lo que no le impide acusarle de falta de honradez. Trata despreciativamente a Lakatos, y con desdén a Kuhn.
Estos tratamientos deben ser suaves en la escala de Feyerabend. Titular a la tercera parte “Conversaciones con analfabetos” y dedicarla a una pequeña serie de prohombres de la filosofía de la ciencia indica un desparpajo fuera de lo común. Y también bastantes ganas de incordiar. O de notoriedad. Se debe haber divertido mucho al escribir esta parte.
Después de todo, es lo que cabía esperar de quien, en una de las notas iniciales, (algunas de las notas a lo largo de todo el libro servirían para una antología de la provocación), dice que “… supongo que mis lectores son racionalistas. Si no lo son, no tienen ninguna necesidad de leer este libro”. Confieso que me he visto forzado a suponer que soy racionalista por miedo a desatar las iras del autor.
En fin, un libro que vale la pena leer, incluso con paciencia, que realiza aportaciones a mi parecer válidas, en especial en la segunda parte, que cuestiona más que ofrece, y que se ve traicionado en parte por una redacción temperamental cuando no intempestiva.

©Sensio Carratalà

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