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Sombras en la Luna

La Humanidad lleva milenios mirando a la Luna; podría pensarse que desde mucho antes de ser Humanidad. Nada tiene de extraño, por tanto, que la Luna haya dejado huellas muy profundas en nuestra cultura y haya condicionado nuestra manera de ver el mundo.

Hace poco reencontré un artículo que Gabriel García Márquez escribió en 1981 un artículo titulado “25000 millones de kilómetros cuadrados sin una sola flor”[1]. En el texto, sugerente y vital pero pesimista, hace referencia al alunizaje del Apolo XI y compara la ausencia de vida extraterrestre con la conflictividad de la vida terrestre. Me llamó la atención en especial un párrafo:

“Para quienes perdemos el tiempo pensando en estas cosas, hay desde entonces dos lunas. La Luna astronómica, con mayúscula, cuyo valor científico debe ser muy grande, pero que carece por completo de validez poética. La otra es la Luna de siempre que vemos colgada en el cielo; la Luna única de los licántropos y los boleros, y a la cual -por fortuna- nadie llegará jamás.”

Aunque no conozco a nadie que escriba mejor, sentí una discordancia más visceral que meditada. Así que la relectura me puso en la atrevida e incómoda tesitura de discrepar de uno de mis más admirados maestros, de cuya lectura aprendí unas cuantas cosas importantes.

Sin intención de hacer ahora el acopio de razones y la subsiguiente exposición argumental, me limito a anotar la sensación de que el conocimiento no puede acabar con la poesía y que, por el contrario, evita trivialidades y ofrece nuevos caminos a la imaginación. Incluso si, como me temo, no hay licántropos, la ciencia ha puesto a disposición de todo tipo de poetas una ingente provisión de recursos con que sustentar las más maravillosas metáforas. Creo en la existencia de los boleros y estoy seguro de que hay profesionales de la ciencia que los escuchan, los bailan, los componen y gozan con ellos. La ciencia es humana y no impide leer novelas de amor, ni amar. Existe un viejo debate sobre el asunto que prefiero dejar para otro día y me limito a indicar cuál es mi bando.

Incluso para un optimista moderado, algunas cosas dan que pensar. Un par de meses antes de aquel artículo, el 22 de noviembre de 1980, un tal Dennis Hope, (estadounidense, sin relación con el actor Dennis Hopper), circulaba con su coche mientras meditaba sobre su divorcio, se encontró de frente con la Luna y tuvo la idea de su vida. Al día siguiente fue al registro de San Francisco[2] y puso a su nombre la Luna y los entonces ocho planetas sin dueño del sistema solar[3], incluyendo el hoy degradado Plutón[4]. Por lo visto, el Tratado del Espacio Exterior de la ONU de 1967 prohíbe la reclamación de soberanía extraterrestre a los países, pero no a particulares en plena recuperación del trauma posmatrimonial. Sea como fuere, más de dos millones y medio de personas de nuestro mundo le han comprado parcelas en esos otros, y las han pagado con dólares. Que le vaya bonito.

Sombras

En septiembre de 1608, el fraile servita, teólogo y científico Paolo Sarpi, personaje bien informado e influyente en Venecia, supo que en La Haya había aparecido un instrumento conocido como perspicillum belgicum o vidrio holandés, que permitía ver las cosas lejanas como si estuvieran cerca.  En diciembre lo confirmó a Galileo, quien ya había oído rumores. Ambos se interesaron vivamente por el invento y a principios de junio de 1609 recibieron información sobre sus componentes. Pocos días más tarde, Galileo comunicó a Sarpi que no tardaría en construir su propio perspicillum y éste recomendó su compra al Senado Veneciano. A finales de agosto, Galileo presentó ante el Dux un instrumento de pocos aumentos.

En diciembre de 1608 Galileo ya había mejorado su perspicillum, que ahora alcanzaba unos 20 aumentos, y observaba el cielo con él cada noche que le era posible. Sus dibujos de la Luna muestran inequívocamente una superficie con cráteres y sombras que recuerda al relieve terrestre. A partir de sus observaciones, Galileo afirmó que la Luna era montañosa y no la esperada esfera quintaesencial perfecta predicha por Aristóteles. No era la primera vez que contradecía al Filósofo, (antes lo había hecho sobre la caída de graves), ni sería la última.

Montañas en la Luna

En general, para la minoría culta de la época, los textos de Aristóteles eran tan inconmovibles como el cosmos supralunar por él descrito. No extrañará que las audaces ilustraciones de Galileo le granjearan una gran oposición. Según Aristóteles, el mundo terrenal estaba sometido a los meteoros, sufría catástrofes, era imperfecto, alterable, corruptible; sin embargo, a partir de la Luna reinaba la paz, la perfección celestial, el orden cósmico. Tanto la Iglesia Católica como la Reformas luterana y calvinista habían asumido la cosmología aristotélica. Afirmar que la Luna tenía un relieve parecido al terrestre era extender al cielo la imperfección terrenal, abrir una inquietante grieta en la visión del mundo aceptada en la época como evidente. Hubo oponentes que se negaron a mirar por el telescopio. Las sombras se alargaban.

El astrónomo más prestigioso de la época fue su más formidable oponente. Christopher Clavius era alemán, vivía en Roma y había sido artífice con Luis Lilio (ya fallecido) del calendario gregoriano, que se instauró en 1582 y sigue en vigor en nuestro siglo XXI. Clavius objetó que: “no tenemos ninguna prueba de que lo que vemos a través de unas lentes curvas exista fuera de estas, habida cuenta que aquello desaparece en el momento mismo en que retiramos las lentes.”[5] También se dijo que Galileo veía montañas porque creía de antemano que la Luna era semejante a la Tierra, (una idea recurrente a lo largo de la historia), y que esa predisposición podría haber nublado su juicio. Era cierto que los telescopios primitivos mostraban algunas aberraciones ópticas.

Eran objeciones difíciles de ignorar. No se disponía de una teoría de la óptica capaz de contrarrestar esas afirmaciones. Sin embargo, Galileo estableció geométricamente que si la Luna fuera una esfera uniforme y perfecta no veríamos de ella más que un punto brillante[6] y que, por contra, una Luna cuyo relieve fuera irregular podría verse tal y como la vemos. En su favor se había confirmado que el telescopio permitía advertir la llegada de navíos horas antes de que fueran descubiertas a simple vista. Defectos aparte, los telescopios extendían efectivamente el alcance de la visión y eran útiles, no ofrecían simples engaños visuales.

Galileo podía ver con su telescopio las mismas manchas lunares de siempre, aunque con mayor detalle. Pero no era solamente eso. Ahora podía ver cómo las manchas variaban de forma cuando las observaciones se prolongaban algunas horas, lo que era compatible con la idea de que fueran sombras de montañas y cráteres que se movían en función del ángulo de incidencia de la luz del sol. Así, era fácil entender que las zonas iluminados correspondían a las regiones más altas del relieve y las zonas oscuras eran valles y zonas deprimidas, y que había un juego de luces y sombras en función de la posición del sol y la Luna según podía verse desde la Tierra.

La salvación del mundo

La Luna había sido observada desde los tiempos más antiguos y a simple vista muestra manchas irregulares. Solía hablarse de la “cara de la Luna” que mucha gente adivinaba en aquellas manchas. En los tiempos antiguos, los pitagóricos habían afirmado que la Luna era una “segunda Tierra”[7] y el breve relato de Plutarco titulado precisamente “Sobre la cara de la Luna” describía un paisaje, imaginario, parecido al terrestre. Puede sorprender que, sin embargo, prevaleciera la opinión de que las manchas lunares eran accidentes y la auténtica realidad subyacente era su perfecta esfericidad y lisura. Al fin y al cabo, de ese modo lo entendieron los más ilustres sabios medievales: Alhazén, Averroes, Buridán, Oresme, Alberto Magno, Alberto de Sajonia, Sacrobosco y muchos otros. Dante fue la excepción más notoria.

Las observaciones de Galileo planteaban un serio problema. El telescopio y la Luna estaban a disposición de quien quisiera comprobar su veracidad. Para mucha gente se hacía necesario dar una explicación que salvara la visión tradicional. Ludovico delle Colombe[8], propuso que la Luna era una esfera lisa de éter transparente dentro de la cual había un núcleo de éter opaco; algo así como una masa de tierra irregular y blanquecina incluida dentro de una esfera transparente y perfecta. Dos tipos de éter, con distintas propiedades ópticas, podían salvar el viejo mundo: la Luna estaba formada por éter como correspondía a los astros celestes y sus distintas propiedades ópticas permitían explicar tanto su apariencia a simple vista y como la que ofrecía el telescopio. Es decir, la Luna estaba constituida por éter, la materia quintaesencial aristotélica, pero había diversas clases de éter que interactuaban con la luz de formas distintas. Las manchas lunares no implicaban la alteración de la forma geométrica perfecta. Adoptada por Clavius, se convirtió en la principal alternativa a las «montañas» de Galileo.

De modo que cuando el gran teólogo Roberto Belarmino, (también inquisidor, cardenal y arzobispo), pidió a la Facultad de Matemáticas del Colegio Romano una valoración sobre las observaciones de Galileo, recibió como respuesta la opinión de Clavius. No se podía negar la apariencia irregular de la Luna; sin embargo, ello no significaba que su superficie fuera irregular. “Es más probable que el cuerpo lunar no sea de densidad uniforme, sino que tenga que tiene partes más densas y más raras; como son los puntos ordinarios, que se ven con visión natural.[9]

Puede advertirse un matiz significativamente distinto en la redacción de Stillman Drake:

“… Así, en la controversia sobre las montañas lunares, tanto el opositor alemán[10] como Ludovico delle Colombe (un filósofo florentino) propusieron, a fin de salvar el carácter esférico y liso de la superficie de la Luna, que se la considerara recubierta por un cristal transparente: las montañas que Galileo vio no formarían parte de su superficie, tal y como él erróneamente supuso, sino que estaban bajo ese caparazón cristalino. Delle Colombe comunicó esta idea a Clavius, que vivía en Roma, y desde allí el secretario del Cardenal Joyeuse escribió a Galileo para pedirle -de parte del prelado- una opinión al respecto. Galileo respondió que concedería de buen grado la existencia de esa sustancia cristalina siempre y cuando ellos, con una cortesía equiparable, le permitiesen a su vez construir con ella montañas diez veces mayores que las que de hecho había medido sobre la superficie lunar.[11]

Final

García Márquez remató su escrito con una expeditiva cita, atribuida a un autor desconocido, dice escuetamente: “la Tierra es el infierno de los planetas”. Me parece algo exagerada. Puestos a escoger lugar para el infierno entre los planetas del sistema solar, la Tierra sería mi única exclusión.

El hecho de que la Luna, aún sin flores, tenga un relieve similar al terrestre, con sombras que bailan al ritmo de la luz del sol, le da un aire familiar que me resulta profundamente tranquilizador.

© Sensio Carratalà Beguer

NOTAS

[1] El País, 20 de enero de 1981. No me salen las cuentas: la superficie de la Luna se acerca a los 38 millones de kilómetros cuadrados, extensión muy inferior a los “25000 millones de kilómetros cuadrados” que lleva por título el artículo.

[2] Alguien en aquella oficina debió considerar que sus servicios no se limitaban al área de San Francisco.

[3] El Mundo, Suplemento crónica 565, 28/08/2006.

[4] Plutón fue descubierto el 18 de febrero de 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde William Tombaugh y fue considerado el noveno planeta del sistema solar hasta el 24 de agosto de 2006, cuando la reunión de la Unión Astronómica internacional celebrada en Praga decidió considerarlo “planeta enano”. En esa reunión se estableció que “planeta” es un objeto que orbita alrededor del sol, cuya masa es suficiente para darle una forma redondeada y que ha limpiado de objetos su órbita.

[5] Stillman Drake. Galileo. 1980. Alianza Editorial. Página 75.

[6] Solamente los rayos de luz que reflejase la Luna en dirección a la Tierra serían visibles. En una esfera perfecta, los rayos del sol se reflejarían en distintas direcciones y muy pocos tomarían la dirección de nuestro planeta.

[7]Plutarco en la obra “De las opiniones de los Filósofos”, libro segundo; desde el capítulo 25 trata de la Luna En este capítulo dice, que según Anaxágoras y Demócrito la Luna era firmamento fogoso con llanuras , valles y montañas: según Heráclito era tierra ‘rodeada de obscura nube; y según Pitágoras seguía la naturaleza del fuego. En el Capítulo 30 dice que según los pitagóricos la Luna era terrestre, y como la tierra se habitaba por animales quince veces mayores y más hermosos que los terrestres. En: Lorenzo Hervás y Panduro. “Viage estático al mundo planetario: en que se observan el mecanismo y los principales fenómenos del Cielo…”. 1793. Ed. Pantaleón Aznar.

[8] Ludovico delle Colombe, Contro il moto della Terra. 1611.

[9]Non si può negare la grande inequità della luna; ma pare al P. Clavio più probabile che non sia la superficie inequale, ma più presto che il corpo lunare non sia denso uniformemente et che abbia parti più dense et più rare, come sono le macchie ordinarie, che si vedono con la vista naturale.” Mathematicians of the Collegio Romano to Bellarmine, 24 April 1611, in Galilei, Opere, vol. 11, pp. 92-93. Citado en: The starry messenger, Venice 1610: «from doubt to astonishment» /​ Galileo Galilei; with the symposium proceedings of Owen Gingerich, John W. Hessler, Peter Machamer, David Marshall Miller, Paul Needham, Eileen Reeves; John W. Hessler and Daniel De Simone, editors; [hosted by] Library of Congress.

[10] Christopher Clavius.

[11] Stillman Drake. Galileo. 1980. Alianza Editorial. Páginas 79-80.

BIBLIOGRAFÍA

EILEEN REEVES. Kingdoms of Heaven: Galileo and Sarpi on the Celestial. Representations, Vol. 105, No. 1 (Winter 2009), pp. 61-84. University of California Press.

GALILEO GALILEI. El mensajero de las estrellas (Sidereus Nuncius). Alianza Editorial.

JOHANNES KEPLER. El Sueño o la Astronomía de la Luna. Traducción y notas de Francisco Socas. Publicaciones de la Universidad de Huelva.

DAVID MARSHALL MILLER. Seeing and Believing: Galileo, Aristotelians, and the Mountains on the Moon. The starry messenger, Venice 1610: «from doubt to astonishment» /​ Galileo Galilei; with the symposium proceedings of Owen Gingerich, John W. Hessler, Peter Machamer, David Marshall Miller, Paul Needham, Eileen Reeves; John W. Hessler and Daniel De Simone, editors; [hosted by] Library of Congress.

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