Juan Pedro Fernández Romero
UNA JUNTA DE MÉDICOS
La noche del 23 de mayo de 1686[1] Juan de Cabriada, un joven médico de 26 años, salía enojado de la Junta de médicos que trataba al V Conde de Osuna.
Desde hacía muchos días el noble estaba aquejado de fiebres tercianas,[2] y sus médicos de cámara, siguiendo los tratamientos tradicionales, habían administrado sistemáticamente la terapia de sangrías. De hecho, cuando el joven doctor fue invitado a esa reunión llevaban dieciséis días aplicando incisiones y sanguijuelas con el fin de extraer fluidos tóxicos del cuerpo, pero las fiebres no remitían en absoluto: seguían repitiéndose cada tres días. El duque no sólo no manifestaba mejoría alguna, sino que mostraba una tez cada vez más blanca y un debilitamiento general progresivo.
El doctor Cabriada, frente a la autoridad de los médicos de la Junta, todos de gran experiencia y entrados en años, trató de razonar que por ese camino el duque corría serio peligro y sugirió que aceptaran ciertos nuevos tratamientos a base de la administración de extractos de quina, que tan buen resultado como febrífugo había dado ya en hospitales de diferentes países de Europa y en algunos de España. Pero la posición de los médicos de cámara fue inamovible y cuando esa noche, el duque comenzó con un nuevo pico de fiebre, el doctor Cabriada abandonó la reunión, y los médicos volvieron a aplicar una nueva sesión de sangría.
Las sangrías
Juan de Cabriada tenía ante sí un verdadero muro con el que chocaba irremisiblemente. Un muro que no permitía filtrar ninguna nueva idea.
El saber que acumulaban los conocimientos médicos de la junta de tratamiento del Duque era algo asentado durante siglos. Algo que no había cambiado desde los dictados de la antigüedad. La medicina griega, sobre todo la de los médicos Hipócrates y Galeno, seguía ejerciendo una poderosa influencia. Ambos dejaron escrito que la enfermedad era el resultado de un desequilibrio en el cuerpo de cuatro humores: la sangre, la flema, la bilis negra y la bilis amarilla. Estos fluidos, —decían—, que en las personas sanas se encontraban de manera natural en una proporción semejante, cuando se producía un desequilibrio en alguno de ellos, se producía una dyscrasia —una mala mezcla—. Entonces el individuo enfermaba, y permanecía enfermo hasta que se recuperaba el equilibrio de los cuatro humores. No se conocía el motivo de la dyscrasia, pero la solución era provocar la sangría del paciente.
Durante toda la Edad Media, tanto en el mundo cristiano, (los largos años de la escolástica) como en el mundo árabe (incluso los afamados médicos de la talla de Avicena o Al Razi) también habían asumido la medicina galénica y, por tanto, las sangrías como terapia. Desde el siglo XII, también la prestigiosa e influyente escuela médica de Salerno[3], reforzó la terapia de la sangría y proclamaba que purgaba el cuerpo, reforzaba la memoria, limpiaba la vejiga, desinflamaba el cerebro, calentaba la espina dorsal, aclaraba el oído, alargaba la vida y ahuyentaba las enfermedades.
Nadie ponía en duda la teoría de los cuatro humores —que además hacían corresponder con los cuatro elementos clásicos: aire, fuego, tierra, agua— cuyas propiedades fueron estableciéndose a lo largo de los años. Así, la naturaleza de la sangre era cálida y húmeda y se correspondía con el aire y la primavera. La de la bilis amarilla era cálida y seca, como el fuego y el verano. La bilis negra era fría y seca, como la tierra y el otoño. La flema era fría y húmeda como el agua y el invierno. La antigua relación entre los “cuatro humores” y los “cuatro elementos”, parecía evidente.
Según esta teoría, ¿qué estaba sucediendo cuando aparecía la fiebre? Que la mezcla de humores en el cuerpo faltaba el componente frío/húmedo (la flema) por tanto, la constitución corporal se desviaba hacia lo caliente/seco y la consecuencia era la fiebre. Pero la lógica de los “cuatro elementos” les conducía a una conclusión y siempre la misma: restablecer el equilibrio humoral mediante el sempiterno método de extraer sangre (el componente cálido-húmedo) al enfermo.
Se suponía que la bilis negra procedía del bazo, que la bilis amarilla la segregaba la vesícula biliar, la sangre estaba en los vasos sanguíneos. En cambio, la flema, el humor frío y húmedo, cuya descompensación provocaba la fiebre, nadie sabía dónde se localizaba, ni de donde procedía.
Para la época de Juan de Cabriada muchos médicos habían comprobado que cuando se practicaba una sangría se obtenía sangre, solo sangre, por lo que no cabía hablar de restablecimiento de humores con la sangría. No obstante, a lo largo de los siglos nadie se atrevió a modificar la “Teoría de los Humores”, de hecho, no solo no quedó superada ni fue reemplazada por otra, sino que se enriqueció y se fortaleció. Formaba un cuerpo de conocimiento monolítico, gestado y agrandado durante más de dos mil años. Un saber que, además, asumía la ciencia oficial: Todas y cada una de las cátedras de medicina de las universidades españolas impartía medicina galénica y apoyaba la Teoría de los Cuatro Humores.
Pero sucedía que, al tiempo que los médicos que atendían al duque de Osuna, (galenistas escolásticos) en la mayor parte de países de Europa la medicina empezaba a cimentar su aprendizaje en la experimentación fisiológica y en la aplicación de nuevos métodos de tratamiento químicos, como los que Cabriada sugirió, métodos que rechazaban de plano los tradicionalistas. Por eso, aquella noche del 23 de mayo de 1686 la junta de médicos del Conde de Osuna no quiso ni oír hablar de remedios químicos, y Juan de Cabriada abandonó la reunión terriblemente contrariado.
LA CARTA PHILOSOPHICA MEDICO-QUÍMICA
Es el propio investigador de Historia de la Medicina, José María López Piñero quien asegura[4] que fue precisamente debido a este suceso marcado por el profundo desacuerdo, que el doctor Cabriada decidió hacer algo al respecto.
Pensó que era necesario poner de manifiesto el atraso que representaba esa medicina escolástica, que era preciso resaltar que en muchas universidades de Europa había ya nuevas técnicas, nuevos procedimientos, y se investigaba activamente, no solo en anatomía sino en fisiología, y que a la par se estaba experimentado con nuevas sustancias químicas (Iatroquímica, se denominaba a esta nueva disciplina) como una poderosa terapia alternativa. Y poner en evidencia, lo que más irritación le causaba, que en las universidades españolas se seguía enseñando ¡medicina galénica!
Pensó que si exponía todo esto en una publicación tal vez tuviera algún alcance y podría remover algunas conciencias.
El libro que escribió, al estilo de la época, llevaba un amplio título:
“Carta filosófica médico-química en que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades. Por la nova-antigua Medicina.”
Por su forma de exposición, con vehemencia, con fundamentación, con argumentos, fue tal la influencia que ejerció que, al decir de López Piñero, su Carta filosófica médico-química puede considerarse el auténtico manifiesto de la renovación en nuestro país de la medicina y de los saberes químicos y biológicos que con ella están relacionados.[5]
La Carta filosófica médico-química aparecida en 1687, rebasaba ampliamente el motivo de la disputa (abuso de la sangría) y exponía detalladamente las ideas de Cabriada acerca de la “nueva ciencia”.
La Carta se ocupa en primer lugar de refutar reiteradamente el saber antiguo. A ello contrapone el saber que proporciona la “experiencia”. Todo saber médico —dice Juan de Cabriada— debe proceder de tres géneros de observaciones: anatómicos, prácticos y químicos. Y así, la obra está salpicada de numerosísimos experimentos propios y ajenos; y las referencias a la información de datos e ideas europeos están completos y muy al día.
Cabriada resaltó la idea de “progreso científico”. Hacía ya más de cincuenta años que William Harvey en 1628, había descubierto la circulación de la sangre, lo que proporcionó una perspectiva completamente distinta de la fisiología humana. En varios lugares del libro hace notar la “ignorancia” de Galeno y aunque trata de suavizar los comentarios, el mensaje es contundente: “¿No vemos que todas las artes y las ciencias se han adelantado desde sus primeros inventores? ¿Por qué se ha de negar esto a la medicina cuando su aumento depende de los experimentos?” Dice la propia Carta.
El libro de Cabriada fue recibido de buena gana por muchos de los médicos de todo el reino, pero también con uñas y dientes por el sector galenista y pronto, y de manera despectiva, todos estos renovadores que se adhirieron a estas nuevas tesis, fueron llamados por los tradicionalistas Novatores.
Los médicos renovadores —los Novatores—, (apelativo inventado por el tomista obispo de Jaca Francisco Polanco, como se ha dicho, para menospreciarlos) lejos de sentirse agredidos, asumieron el apelativo y comenzaron a configurarse como un grupo diferenciado que esperaba hallar una forma de explicación más racional de la realidad, y no solo dentro de la medicina, sino en otros ámbitos científicos: el movimiento Novator había dado comienzo en España.
NOVATORES
Pero una cosa era escribir un libro, y otra muy distinta desplegar una estrategia que asegurara la expansión de las ideas allí expuestas. No obstante, parecía que entraba en escena en un momento propicio. Esa postura rebelde de Cabriada encajaba en el momento en que, se dice, empezaban a permeabilizarse en nuestro país las nuevas teorías de Descartes, Gassendi, Galileo, Boyle, y Harvey. Estas ideas impactan a algunos eruditos y los hombres de ciencia renovadores sintieron la necesidad de asociarse en grupos de estudio y trabajo.
Sabían los novatores que de las Universidades —la ciencia oficial—, no podían esperar apoyo sino todo lo contrario, por lo que en una reacción casi espontánea comenzaron a reunirse. Estas reuniones las convirtieron en tertulias, que pronto se tornaron periódicas y buscaron (y encontraron) un respaldo tal vez inesperado: el de algunos nobles, que terminaron por convertirse en sus mecenas.
Una de estas primeras tertulias tuvo lugar en Valencia, bajo la presidencia y mecenazgo del conde de Alcudia. Era mixta en cuanto a su contenido, pues se trataban asuntos de ciencias y medicina, pero también humanismo y letras.
Otra tertulia destacada fue la del marqués de Villatorcas, que incluso ofreció su propio palacio como sede y lugar de reunión. Hasta hubo tertulias poéticas, como la Tertulia del Palacio Real, y otra que también destacó fue la tertulia que se reunía en la riquísima Biblioteca del conde de Cervelló. Esta última la frecuentaron filólogos e historiadores como Martí y Miñana, juristas como Pere Borrull, bibliógrafos como José Rodríguez y científicos como Juan Bautista Corachán (teólogo y matemático que realizó numerosas observaciones astronómicas de cometas, eclipses y planetas), Baltasar Íñigo (en cuya casa se fundaría la Academia de matemáticas) y Tomás Vicente Tosca, que fueron los eruditos valencianos más destacados de este período.
Este último novator Tomás Vicente Tosca y Mascó, (conocido como el Padre Tosca) dio un impulso renovador a la Universidad ya que, años más tarde, llegó a ser vicerrector de la Universidad de Valencia. Como destacado novator, que cultivó disciplinas científicas como matemáticas y arquitectura, además de, por supuesto, en filosofía y teología, fue quien se enfrentó a Francisco Polanco, el teólogo y filósofo, obispo de Jaca y galenista convencido.
Pero no solo ocurrió en Valencia. Las tertulias fueron apareciendo por todo el territorio español y el movimiento Novator fue expandiéndose por toda la geografía.
En Sevilla[6], en16 93, un joven médico llamado Juan Muñoz y Peralta, renunció a su cátedra en la Facultad de Medicina de Sevilla pues, como Cabriada, estaba disconforme con los anticuados métodos universitarios y, quizás animado por el éxito de algunas tertulias, fundó la Veneranda Tertulia Hispalense, que pronto alcanzó fama por la seriedad y rigor con la que trataban los temas y cuya labor se realizó bajo una pauta científica moderna y de gran originalidad. Poco a poco fue fraguando la idea de constituirse en una sociedad científica, y de esta “Veneranda Tertulia” nació la Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla, y de ésta, poco tiempo después la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla, que fue la primera entidad de este tipo que se fundó en España y que ejerció sus funciones en solitario, hasta que treinta y cuatros años más tarde, se fundó la de Madrid.
También los novatores tuvieron gran influencia en otros ámbitos del conocimiento. La propia Real Academia de la Lengua tuvo su origen en las tertulias que se organizaron en casa del que sería su fundador Juan Manuel Pacheco Fernández y Zúñiga, ya que entre sus once miembros varios de ellos eran novatores.
NADA ES FÁCIL
Un cambio de paradigma nunca es sencillo. Modificar un sistema de pensamiento, la filosofía que impregna la manera de estudiar el mundo, se antoja a veces tremendamente complejo y arduo.
La reacción al libro de Cabriada, no se hizo esperar y durante un decenio, hasta la constitución de la Regia Sociedad de Medicina y demás ciencias de Sevilla, se sucedieron agrias polémicas entre los partidarios de la modernidad y los de la tradición.
El primer ataque correspondió a un anónimo «El aduanero» que publicó en Madrid una pequeña obra con un expresivo título: Respuesta que da la medicina dogmática y racional al libro que ha publicado el Dr. D. Juan de Cabriada. La primera fase de la polémica, principalmente en Madrid, duró dos años y se mantuvo a base de una serie de folletos anónimos que acabó por ser un mero cruce de insultos. Y finalizó con la publicación del libro titulado Verdad triunfante, del propio Cabriada.
La polémica no se redujo a Madrid. En Barcelona apareció un grueso volumen de más de quinientas páginas escrito por un médico de Perpiñán que residía en Barcelona: Verdad defendida y respuesta de Filiarto, a la carta médico-chymica del doctor Cristóbal Rizadas. Y en Valencia, el ya mencionado Francisco Polanco reaccionó a Cabriada publicando Dialogus physico-theologicus contra phylosophiae novatores, sive thomista contra atomistas. (Aquí fue donde apareció por vez primera el vocablo novatores). Fue el mismo padre Tosca quien se encargó de responder a Francisco Polanco con su Compendio Filosófico, al que aquel no respondió.
No obstante, la polémica entre las dos vertientes de la medicina se mantuvo. Por un lado, los dogmáticos de la Universidad que se aferraban tenazmente al pasado y por otro, los empeñados en romper la tradición y tratar de introducir ideas y conceptos nuevos en la medicina. Eran las dos caras del pensamiento médico[7].
LA INFLUENCIA VALENCIANA
Valencia fue un centro fundamental de la introducción de la ciencia moderna en España.
Desde Valencia los ya mencionados físico-matemáticos novatores Juan Bautista Corachán, Tomás Vicente Tosca y Mascó y Baltasar de Íñigo, introdujeron en todo el ámbito hispánico las nuevas corrientes filosóficas y científicas. Hacia 1687, el mismo año en el que Juan de Cabriada publicó su Carta filosófica médico-química, esos tres novatores crearon la tertulia científica con el nombre de Academia de Matemáticas con la intención de que sirviera como base para crear luego una sociedad científica al modo de la Royal Society de Londres o la Academia de Ciencias de París.
Esta tertulia, la Academia de Matemáticas, que se reunía en la biblioteca particular de la casa de Baltasar de Íñigo, alcanzó un grado excelente de actividad tratando temas de astronomía, física, matemáticas, construcción y uso de instrumentos científicos como microscopios y telescopios, e incluso realizó experimentos balísticos.
La facultad de medicina de Valencia pasó por varios altibajos: fue vanguardia durante el Renacimiento y se transformó en un reducto galenista a mediados del siglo XVII y no volvió a estar en la vanguardia hasta los años finales de este siglo, con la llegada a la vicerrectoría del Padre Tosca y la toma de posesión de la cátedra de anatomía por el renovador Tomás Longás y Pascual que ocupó durante los primeros veinte años del siglo XVIII. Paralelamente, la cátedra de botánica médica liderada por el botánico Gaudencio Senach,[8] (restaurador del jardín Botánico de Valencia) se convierte en otro puntal de la escuela médica valenciana.
Uno de los beneficiados por el apoyo renovador de la universidad de Valencia fue el anatomista Crisóstomo Martínez, un pintor y grabador valenciano que comenzó a estudiar anatomía y sobresalió en algo muy novedoso para su tiempo: la anatomía microscópica. Se las ingenió para obtener la mediación del rey Carlos II y consiguió el apoyo económico (de la universidad y del ayuntamiento de Valencia) necesario para marchar a Paris y desarrollar allí parte de su labor. Su obra, dieciocho láminas originales, doce de ellas realizadas en Valencia y las restantes en París, son la contribución más importante al saber anatómico realizado en España durante todo el siglo XVII.[9] Estas láminas, que se conservan en el Archivo del Ayuntamiento de Valencia, corresponden a diferentes partes y estados de los huesos del cuerpo humano. Dibujó aspectos completamente nuevos, como la embriología del hueso, es decir, en el momento de la osificación del cartílago, y detalles microscópicos del hueso, plasmando por primera vez el aspecto trabecular del mismo. Estos trabajos, que contienen representación del noventa por ciento del esqueleto humano, le colocaron a la vanguardia de los anatomistas europeos del momento,
LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA
Como opina Pérez Magallón[10] es conveniente una revisión del tiempo de los «novatores». Se solía (y se suele), considerar que con Calderón de la Barca se llega al final del esplendor cultural español y que no llegan nuevas “luces” hasta bien entrado el reinado de Carlos III. Pero el estudio del citado autor demuestra que “ese vacío —el tiempo que se conoce como la crisis del Barroco, los cincuenta años comprendidos entre 1675 a 1725— es una invención por abandono de la crítica” y que
“el menosprecio y desinterés con que se ha tratado el tiempo de los novatores, es debido al colonialismo cultural impuesto por sutiles mecanismos de las potencias hegemónicas”.
El tiempo de los novatores fue una época vibrante, en la que algunos eruditos pusieron todo su empeño y saber en acercar la ciencia moderna a España y en el que algunos nobles se convirtieron en puntal de apoyo de la nueva ciencia.
Este movimiento de renovación científica, lejos de constituir un hecho aislado, sentó en España las bases de La Ilustración, el movimiento intelectual que supuso, dentro del terreno del pensamiento, nada menos que el paso de la Edad Moderna a la Edad Contemporánea; y es hora de reconocer que, comenzando por el rechazo a la terapia de sangrías, el empuje de los científicos novatores, cuya semilla la plantó el médico Juan de Cabriada, removiendo métodos y procedimientos para el estudio racional, puso los fundamentos que contribuyeron decisivamente a la actualización y el desarrollo de la ciencia en España.
[1] Revista Hispánica Moderna. Diciembre 2015. Vol. 68 Number 2.- The body of the letter Vital forcé and the practice of Spanish Medicine in Juan de Cabriada’s carta Filosófica médico-química (1687).
[2] O paludismo. El término «terciana» se deriva del patrón febril característico de estas infecciones, en las que los episodios de fiebre ocurren cada tercer día, Este patrón se debe al ciclo de vida del parásito dentro de los glóbulos rojos del huésped.
[3]https://www.sac.org.ar/historia-de-la-cardiologia/sangrado-de-sanguijuelas-y-epidemiologia/
[4] LÓPEZ PIÑERO, José María (1979). Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Ed. Labor Universitaria. 511 pág.
[5] LÓPEZ PIÑERO, Ibídem, pág. 421.
[6] Ver: https://ramse.es/wordpress/historia/
[7] ABRIL TORRES, JOSÉ (2009). Las dos caras del pensamiento médico. Ed. Tecnigrad, S.A. 142 pág.
[8]AMPARO FELIPO Y FCO. JAVIER PERIS (2005). Asclepio-Vol. LVII-2. La lucha por el mantenimiento de un huerto de simples en la universidad de Valencia durante el siglo XVIII. En: https://pdfs.semanticscholar.org/eb19/3be243bd5e45274d6c696c1a7039a48c848b.pdf
[9] LÓPEZ PIÑERO, Ibídem, Pág. 416 y siguientes
[10] PÉREZ MAGALLÓN, JESÚS (2002). Construyendo la modernidad: La cultura española en el tiempo de los Novatores (1675-1725). CSIC. 338 pág.
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