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Newton contra Chaloner

Nos situamos en Inglaterra, a punto de finalizar el siglo XVII.

El 4 de septiembre de 1697 Newton lleva a la cárcel de Newgate, situada en el mismo centro de la ciudad de Londres, a William Chaloner, un peligroso falsificador de monedas de su época.

Pero William Chaloner había demostrado ser inteligente y se había desenvuelto perfectamente bien en el mundo de la delincuencia. De hecho, no sólo logra salir de la cárcel, sino que sólo seis meses después, el 16 de febrero de 1698 pasa al contraataque y apunta alto: escribe al parlamento británico y denuncia a la mismísima Casa de la Moneda (el organismo que le había llevado a la cárcel) de ser la propia entidad la que instiga a la falsificación y, de paso, incrimina directamente a Newton.

Las consecuencias de este escrito es que Newton acaba sentado en el banquillo de los acusados. Se establece así un auténtico duelo entre Newton y el mejor de los falsificadores de Inglaterra.

Pero…, un momento. ¿Estamos hablando de Newton? ¿De Isaac Newton, el fundador de la ciencia moderna? ¿El qué descubrió la ley de la gravitación universal y realizó importantísimos estudios sobre la luz? ¿El que inventó el cálculo infinitesimal…?[1]

La respuesta es sí. Estamos hablando del mismo. Pero en una etapa de la vida de Isaac Newton en la que había cumplido 53 años. En un momento de su vida en el que, después de casi una treintena de años como profesor en Cambridge sentía que desperdiciaba su talento.

Conociendo a Isaac Newton

Isaac Newton nació el 4 de enero de 1643. Sus padres fueron Isaac Newton y Hannah Ayscough, dos campesinos puritanos (aunque no llegó a conocer a su padre pues murió antes de que él naciera). Después de una infancia traumática (en la que, por una parte, su nuevo padrastro no lo quiso hasta el punto de deshacerse de él y llevarlo a vivir con su abuela, y por otra, tampoco tuvo ningún cariño ni de su abuela ni de su abuelo que llegó a desheredarlo) fue enviado a estudiar al colegio The King’s School, en Grantham, a la edad de doce años.

Durante su estancia en Grantham se hospedó en la casa de un tal Sr. Clark. Tenía que compartir el hogar junto a otros tres niños, hijos del primer esposo de la mujer de Sr. Clark. Isaac parecía no congeniar con otras personas de su edad. Posiblemente, el haber crecido en un ambiente de aislamiento con sus abuelos y la posible envidia que causaba su superioridad intelectual le provocaban dificultades de relación.[2]

A los dieciocho años ingresó en la Universidad de Cambridge para continuar sus estudios, pero Newton nunca asistió regularmente a las clases. Su principal interés era la biblioteca y su formación fue principalmente autodidacta; aprendía leyendo los libros más importantes de matemáticas y filosofía natural de la época. Aunque como un estudiante mediocre, logró graduarse en el Trinity College.

En 1663 conoció a Isaac Barrow, quien le dio clases y había sido designado el primer profesor de la cátedra Lucasiana de matemáticas. Por esa época Newton comienza a leer los trabajos de Galileo, Fermat y Huygens y rápidamente Newton supera a Barrow. Al poco tiempo el profesor acaba solicitando frecuentemente ayuda al alumno en problemas matemáticos.

En esta época la geometría y la óptica ya tenían un papel esencial en la vida de Newton. Además, en esos días la fama de Newton comenzó a crecer, porque había iniciado correspondencia con la Royal Society e incluso había enviado algunos de sus descubrimientos y un telescopio fabricado por él que suscitó gran interés entre los miembros de la Sociedad. También provocó las críticas de algunos, principalmente de Robert Hooke, en lo que fue el comienzo de una de las muchas disputas que tuvo en su carrera científica. Se considera que Newton mostró agresividad ante sus contrincantes, que fueron principalmente (pero no únicamente) Hooke y Leibniz. Sin embargo, lo que hizo que iniciara de lleno sus estudios sobre la mecánica y la gravedad fue una carta de Hooke, en la que este comentaba sus ideas intuitivas acerca de la gravedad. Newton resolvió el problema con el que Hooke no había podido y escribió sus resultados en lo que muchos científicos creen que es el libro más importante de la historia de la ciencia: Philosophiae Naturalis Principia Mathematica.

En 1667 emprendió investigaciones sobre óptica y fue elegido fellow del Trinity College y en 1669 (8 años después de haber ingresado en la Universidad de Cambridge) su mentor, Isaac Barrow, renunció a su Cátedra Lucasiana de matemática y Newton le sucedió en el puesto hasta 1696.

Pero un año antes, en 1695, tras haber trabajado más de un cuarto de siglo como profesor y continuar viviendo en el mismo Trinity College, recibió una carta de Londres. Se le solicitaba que dictaminase sobre una cuestión que era del todo ajena a su área de estudio: Estimado Sr. Newton, ¿qué debe hacer el país para remediar la escasez creciente de monedas de plata?

La misiva procedía de las altas esferas del gobierno de Inglaterra, y es que, Inglaterra, en esos años, estaba realmente al borde de la ruina, una situación cuyas causas procedían tanto del exterior como del interior.

La situación de Inglaterra en el exterior:

Las guerras con Europa

Cuando Newton recibió la carta, Inglaterra llevaba seis años de guerra contra Francia. Una guerra que se había desatado cuando el monarca inglés, Guillermo de Orange, subió al poder.

Previamente, había sucedido que la Guerra de los Treinta Años había devastado gran parte del sur de la actual Alemania y, a instancias del emperador Leopoldo I y varios príncipes alemanes, se había formado en 1686, la Liga de Augsburgo, que pretendía poner freno a los ataques franceses en zonas alemanas. Esta alianza se amplió luego con la incorporación de Portugal, España, Suecia y las Provincias Unidas. Aunque el origen de la Liga era proteger la región del Rin de una expansión francesa, su fin último era formar una coalición ofensiva contra la Francia de Luis XIV, la cual era la mayor potencia europea del momento.

Francia esperaba que la Inglaterra de Jacobo II se mantuviera neutral en virtud de los tratados que unían ambos países. Pero tras haber sido depuesto del trono inglés Jacobo II y ascender como monarca su cuñado Guillermo de Orange, enemigo acérrimo de Luis XIV, Inglaterra declaró la guerra a Francia en mayo de 1689, y se unió a la Liga, la cual pasó a llamarse La Gran Alianza.

Era esta guerra la que estaba desangrando económicamente al tesoro británico. Y las cosas, en el interior, no estaban mejor.

La situación de Inglaterra en el interior:

Los bajos fondos

Londres era una inmensa capital con más de 600.000 personas. Pero tremendamente sucia y maloliente. Al principio, sobre todo, impresionaba la visión de las carretas cargadas de humanos y animales muertos alejarse de la urbe todos los días y ver depositar su cargamento a ambos lados de los caminos.

El propio rio Támesis, que recorría el centro de la ciudad, era un puro reguero de porquería. Arrastraba estiércol, restos de carnicerías y animales muertos. El agua no era potable, pero el aire aún era peor. El más de medio millón de personas que allí vivían provocaban la continua emanación de humos a través de las chimeneas de hornos de madera y carbón provocando un aire casi irrespirable. Al fuerte olor, se sumaba entre otros, el olor del estiércol de las caballerías.

Entonces Inglaterra se hallaba en plena expansión colonial en todo el mundo y Londres era el centro económico y comercial. Allí había dinero, y donde hay dinero hay ladrones, atracadores, hampones de toda índole y hasta bandoleros de élite como el famoso salteador de caminos Dick Turpin. Los malhechores pululaban por la ciudad perfectamente organizados en bandas. Las bandas eran totalmente herméticas, frecuentaban tabernas, pubs y cafés, los lugares donde fluía la información interesante para sus fechorías. Pero además estaban, por todas partes, los defraudadores y falsificadores de moneda que “trabajaban” a tal ritmo que una de cada diez monedas que circulaban en Inglaterra era falsa. Se daba la circunstancia de que coexistían dos tipos de moneda: las fabricadas a mano (muy irregulares) y las producidas a máquina, lo cual era un auténtico problema.

Dado que en el continente la plata tenía un valor económico muy superior al de Londres, los defraudadores, o bien recortaban las monedas manuales (que cada vez, evidentemente, eran más pequeñas) para extraer aros de plata y (repitiendo el proceso) luego fundirlos en lingotes y venderlos en el continente, o bien, a mucha mayor escala, reunían monedas de plata y las fundían en lingotes dispuestos para su venta.

El problema para el tesoro era mayúsculo. Las monedas recortadas perdían su valor (pues no reunían la cantidad de plata estipulada por ley) y cada vez había menos monedas, lo cual obligaba a la constante y costosa reacuñación.

El fraude era inmenso y generalizado. Cuantos más lingotes de plata vendían en Francia, más monedas en Inglaterra podían comprar, era un auténtico círculo vicioso.

Pese a que las técnicas de acuñación se habían perfeccionado y pese a que la maquinaria de acuñación era costosísima, la Casa de la Moneda inglesa subestimó el ingenio de los falsificadores. Y aquí, el primero, el indiscutible, el perfecto falsificador que haría monedas falsas completamente indistinguibles de las auténticas fue: William Chaloner.

Conociendo a William Chaloner

Si William Chaloner ha pasado a la historia ha sido por su enfrentamiento con Newton. En todo caso mostró una inteligencia tal que le permitió desafiar al más famoso Intendente de la Casa de la Moneda. Chaloner no recibió instrucción formal. Sus padres le enviaron a Birmingham, una pequeña ciudad conocida por sus talleres de metal, querían que aprendiera un oficio y le llevaron a un taller de fabricación de clavos.

Los clavos, entonces, se hacían a mano, uno a uno, y el trabajo manual estaba muy mal pagado. Y aunque poco tiempo después se empezaron a fabricar en serie, los sueldos de los trabajadores no mejoraron pues el dinero se lo quedaba principalmente el dueño de la máquina cortadora de clavos.

Cuando comenzaron a producirse monedas de 4 peniques en plata, sobre 1639, los artesanos del hierro comenzaron un nuevo trabajo, tan ilegal como lucrativo: la falsificación de monedas de plata de 4 peniques.

Aunque estaba castigado penalmente incluso con la horca, era tan lucrativo que se entregaron a ello de lleno y con entusiasmo. Y ocurrió que el maestro de Chaloner fue uno de aquellos entusiastas falsificadores. El joven fabricante de clavos aprendió rápido y su ambición pronto le llevó a trasladarse a Londres. Sabía que su única oportunidad de hacer dinero estaba allí, en la capital. Además, quería trabajar por su cuenta. Aún tardaría 10 años en aprender el oficio con finura. Pero con su paciencia e inteligencia este fabricante de clavos llegaría a enfrentarse a Isaac Newton.

El camino no fue nada fácil. Lo primero que descubrió en el maloliente y sucio Londres fueron sus bajos fondos. Enseguida se dio cuenta de que frecuentar las tabernas, pubs, cafés, era el modo de obtener información. Intentó un trabajo honrado; por su experiencia en el trabajo con metales quiso ponerse a trabajar con un maestro, pero pudo constatar que el gremio (en realidad todos los gremios) era cerrado. Sin informes, nadie entraba y además nadie podía ejercer su oficio sin el permiso o autorización de los presidentes de los gremios. Por este camino solo vio una puerta cerrada.

Después de unos meses sumido en la indigencia y la desesperación, encontró una salida: aprovechando la permisividad sexual en Inglaterra, fabricó –aprovechando su manejo con los metales- ciertos relojes de hojalata que llevaban incorporados un consolador erótico. Londres en 1690 se distinguía por su afán innovador en materia de sexo (rivalizaba con Paris) y el invento funcionó. Chaloner consiguió un mercado pujante.

Aún encontró un nuevo nicho de negocio: dadas las malas condiciones higiénicas, las enfermedades eran múltiples y los enfermos en gran cantidad. Chaloner se convirtió en médico charlatán. Y demostró ser bueno en el oficio. Aunque no llegó a entrar en el mundo del hampa organizada, parece que la estafa no se le daba mal. Debió ser una buena época para él, puesto que se casó y tuvo varios hijos.

Cuando los engaños de “charlatán” ya no dieron más de sí, Chaloner aprendió un nuevo oficio, el de tintorero. Tintaba ropas viejas a fin de darles lustre y luego venderlas. Luego, de tintar ropa pasó a tintar metales. De ahí a su oficio definitivo de falsificador sólo había un paso. Si lograba dorar y ribetear las piezas de plata, podrían pasar por “guineas” que eran monedas de oro de veinte chelines. Y, como en los anteriores oficios, acabó teniendo práctica. William Chaloner, que no había podido entrar en los gremios de los oficios ni tampoco en las herméticas bandas del hampa, entró de lleno en el mundo de los falsificadores de monedas. Se convirtió en uno más de los que practicaban una actividad generalizada en el Londres de la década de 1690. Cuando pudo adquirir maquinaria de acuñación, Chaloner se hizo rico. Las cantidades de monedas falsificadas por él eran impresionantes.

Esta era la situación en Inglaterra en 1696: un gasto descomunal para pagar al ejército en la guerra con Francia y una delincuencia interior desbordada y creciente y cuyas figuras más dañinas eran los defraudadores de moneda.

Y es hacia mediados de 1696, en el momento de mayor gloria de Chaloner, cuando Isaac Newton, que había elaborado un informe respondiendo a la pregunta que se le había formulado desde el gobierno de su majestad, recibe el encargo de dirigir la Casa de la Moneda.

El duelo:

Newton contra Chaloner

Chaloner había escrito un panfleto explicando punto por punto cómo evitar la falsificación de moneda que tuvo cierta repercusión. Algunas personas vinculadas a la Casa de la Moneda llegaron a pronunciarse en contra de la propia Institución. Chaloner, aspiraba a lo máximo: si era capaz de demostrar que conocía a la perfección los detalles de la fabricación y además había sido capaz de destapar la corrupción que, según él, anidaba en el mismo corazón del sistema monetario, entonces su meta de entrar en la casa de la moneda estaría a su alcance. No consiguió tanto, pero se ordenó una inspección interna a fondo.

Mientras tanto, seguía con su actividad delictiva. El Banco de Inglaterra empezó por entonces a imprimir papel moneda mejorado, pero ello no fue un problema para Chaloner. También lo falsificó.

El 2 de mayo de 1696 Newton empezó a trabajar en la Casa de la Moneda.[iii] Su primer trabajo fue reacuñar y reemplazar todas las monedas de plata. Modificó para ello todo el sistema de producción y logró un rendimiento récord terminando el trabajo en dos años, cuando se había estimado en nueve (este período de la ceca se conoce como la gran reacuñación). En julio de ese año, le encomendaron, además, pese a su rechazo inicial, ser Juez Instructor de la Ceca (la Casa de la Moneda).

Chaloner en ese momento había dado con sus huesos en la cárcel de Newgate acusado por algunos testigos. Algunas máquinas y troqueles de la casa de la Moneda habían desaparecido. Chaloner juró que nunca había falsificado moneda y en su defensa dio nombres (en su delirio de vanidad, mencionaba a un tal señor Chandler que no era otro que su propio seudónimo en el mundillo). Durante el proceso, un preso que había sido condenado a la pena de horca llegó a afirmar que Chaloner había robado máquinas y troqueles de la Casa de la Moneda. Pero este preso era uno de los que mencionaba Chaloner en su declaración. Era la palabra de unos contra otros.

La situación para Newton era un auténtico laberinto y Chaloner fue puesto en libertad. Comenzaba el duelo.

Primer asalto

Newton empieza a desenredar la madeja. Da muestras de su capacidad de investigación criminal. Teje una extensa red de informadores y confidentes de los bajos fondos, paga a delincuentes bajo amenaza.

Newton recurrió a ladrones y no le preocupaba extorsionarlos con tal de llegar a quienes le interesaban. Tal era así que a principios de 1697 se había convertido en el investigador criminal más eficaz que hubiera habido en Londres. Muchos falsificadores fueron cayendo bajo sus acusaciones.

Todos los que habían sido delatados por Chaloner se convertían en informadores de Newton. Al final decide citar a declarar a Chaloner, pero no logra que incurra en ninguna contradicción y Chaloner, en una muestra de atrevimiento, le sugiere que para controlar la corrupción de la ceca –él insistía acusando a la propia ceca- sólo tiene que contratar como supervisor a un antiguo socio suyo: Thomas Holloway, que goza de buena reputación y conoce a fondo el sistema.

Después de la entrevista tuvo que dejarlo marchar. Este hecho hizo crecerse a Chaloner, pues había dejado tras de sí la idea de que la corrupción anidaba en la ceca -los hechos parecían darle la razón pues las máquinas y troqueles robados seguían sin aparecer- y tenía el convencimiento de que había podido engañar fácilmente al nuevo Intendente.

Pasados unos meses desde la entrevista con el Intendente, intenta de nuevo entrar en la ceca solicitando una comparecencia ante las Cámara de los Comunes. Expresa allí otra vez los pasos de la acuñación, los puntos débiles de la cadena de producción y añade un nuevo matiz: cada uno de los oficios de la acuñación es tan específico y absorbente que ninguno de ellos puede controlar al otro. La conclusión era para él, clara: se necesitaba un supervisor general y él era la persona adecuada. En realidad, se proponía estafar al Estado.

Esta vez tuvo mayor efecto: el parlamento realizó un informe con alabanzas hacia Chaloner, dictaminando que se le dejara entrar en la ceca a modo de prueba. Newton entró en cólera, no lo permitió y se enfrentó al Parlamento que, de manera totalmente imprudente, había dictado que se dejara –aunque a nivel de prueba- entrar a Chaloner a la ceca y acceder a las máquinas. Newton no obedeció.

Chaloner, con las puertas de la ceca cerradas, se decide a falsificar de nuevo, pero esta vez de una manera totalmente distinta, con una calidad insuperable. Llama a su antiguo socio Thomas Holloway y concentra al resto de gente necesaria. Una vez cuenta con todas las máquinas precisas, comienza.

Pero Newton le ha seguido los pasos.

Encarcela a uno de estos socios, que en los interrogatorios implica a Chaloner. Thomas Holloway también acaba en la cárcel, aunque por motivos ajenos (asunto de deudas). Otro socio al que Chaloner le había pedido un artilugio para rematar los bordes de las monedas también acaba confesando y Chaloner se siente acorralado.

Newton el 4 de septiembre de 1697 lleva a Chaloner a la cárcel de Newgate y Thomas Holloway será testigo directo.

A Newton aún le quedaba reunir más pruebas, pero Chaloner, desde la cárcel, sigue maniobrando. Logra, a través del dueño de una taberna, pagar a Holloway y consigue que salga de Inglaterra escondiéndose en Escocia. Cuando se celebra el juicio, Newton, sin su testigo principal –Thomas Halloway- debe dejar libre a Chaloner.

Conociendo a Chaloner, era evidente que no iba a dejar así las cosas. Presenta ante el parlamento un escrito de súplica, solicitando ser resarcido por los días injustos de cárcel, acusando de nuevo de corrupción a la Casa de la Moneda e implicando al Intendente que había intentado quitarle la vida.

El escrito provoca una inspección en la Ceca y como resultado sienta a Newton en el banquillo de los acusados.

Segundo y último asalto

Las débiles pruebas contra Newton permiten que sea exculpado rápida pero no totalmente. Newton está enfurecido. Se concentra en su auténtico enemigo: había cometido delitos contra el rey y además urdido una conspiración contra él mismo.

Chaloner, después de un tiempo sin falsificar, está arruinado, pero otro golpe del destino parece salir en su auxilio. Se sabe perseguido por Newton y no se decide a poner en funcionamiento su maquinaria de falsificación, pero en ese momento la Guerra provoca que Inglaterra intente financiarse con la emisión de billetes de lotería. Chaloner ve una nueva oportunidad y comienza a falsificar billetes de lotería, un procedimiento en el cual cree que Newton no le tiene controlado. Pero sí lo estaba. Además, Newton había conseguido localizar y hacer volver desde Escocia a Thomas Holloway, el socio de Chaloner.

Newton se esfuerza a fondo y reúne más testigos que declaran contra el falsificador. Es tal la fuerza de las acusaciones que la Secretaria de Estado pone precio a su cabeza. Este es el principio del fin de William Chaloner. Una vez puesta a precio su cabeza, era cuestión de tiempo que diera con él cualquiera de los múltiples cazadores de recompensas.

Al fin Chaloner cae en manos de Newton y este le lleva a Newgate y se asegura de que en la cárcel esté totalmente aislado. Noviembre y diciembre de 1698 son particularmente duros para Chaloner. Los pasa en celdas de aislamiento. Pero aun atisba esperanzas.

La maquinaria de los billetes de lotería no aparecía y si el socio que le había asistido en esta labor declaraba también causaría efectos negativos contra sí mismo.

Pero Newton, para esos días, había reconstruido a través de relatos de delatores, prácticamente toda la historia delictiva de Chaloner desde el principio, hacía ya unos diez años. Acumuló nombres y localizó la red de conexiones delictivas en las que se había movido Chaloner. Uno de los testigos acabó confesando que Chaloner le había enseñado a manejar toda la serie de troqueles y que había comprado plata para él.

Sólo le faltaba localizar la plancha para los billetes de lotería, pero según ciertas declaraciones sospechaba que estaba escondida en un determinado pub. Newton se dirige a ese pub. Aunque no logra encontrar la plancha, sí, de manera casual, identifica a otro de los grandes falsificadores -un tal Lawson- que no actuaba dentro de la red de Chaloner ni tenían nada en común, de hecho, ni se conocían. Newton detiene a Lawson y ve una oportunidad. Le ofrece ciertas ventajas en la condena que le asegura que tendrá, si logra sonsacar alguna confesión de importancia a Chaloner.

Newton lleva a Lawson a la celda de Chaloner. Dado que nunca habían sido socios, las causas no podían solaparse y Chaloner piensa que Lawson nunca podrá declarar contra él.

Chaloner acoge a Lawson con alivio. Después del aislamiento está deseoso de poder hablar sin riesgo con alguien y Lawson –piensa Chaloner- seguro le entenderá. Lawson es un excelente oyente. La propia vanidad de Chaloner le lleva a explicar con detalle cómo, dónde y con qué grupos de gente realizaba su excelente labor falsificadora, se vanagloria de sus refinados métodos y de su amplia red colaboradores para introducir las monedas en el mercado. También le habla de la lotería.

Newton, que tiene a Lawson completamente comprado, va tomando nota (junto a dos secretarios de los juzgados) de la información. Newton ya dispone de todo cuanto necesitaba para enjuiciarlo.

Al fin, se acerca la fecha del juicio. Y Chaloner, que –siguiendo sus métodos- ha intentado sobornar a los jurados, no se fía que estos cumplan su palabra.  Concibe entonces la idea de poder comprar su libertad a base de información. Dado que había sido advertido de que si no revelaba el paradero de la plancha de lotería esto actuaría en su contra, decide escribir a Newton solicitándole una entrevista y prometiendo que le proporcionará un relato completo de todos los hechos. Sabía que Newton no acogería la carta con benevolencia, ya que le había acusado de incompetencia y mala fe. Y, efectivamente, Newton leyó la carta, pero no la contestó.

Chaloner, ante la inminencia del juicio, envió otra carta. Esta vez indicando donde estaba la plancha, pero asegurando que nunca había pensado llegar a falsificar y que si había construido la plancha había sido sólo por pura diversión. Supone que dicha confesión le procurará ventajas penales.

Newton toma nota de la información, pero tampoco contesta a esta carta.

Chaloner se desespera.

Lo intenta con otro magistrado y con otra larga carta, dando las razones de por qué no tenía que morir. Pero el magistrado tampoco contesta.

Aún escribió dos cartas más a Newton sin ningún resultado. Eran cartas contradictorias en su contenido, pues a la vez que explicaba al mínimo detalle de cómo se llevaba a cabo la grabación y la falsificación, aseguraba que él nunca podría haber llevado a cabo esas labores, pese a conocerlas al milímetro.

Con la fecha de juicio puesta. Ocurrió un extraño fenómeno y es que Chaloner salía desnudo al patio en franco delirio, gritando y profiriendo frases inconexas y recobrando, temporalmente, la lucidez. Comprendió que Lawson, llegado el momento, declararía todo lo que le había dicho y como último recurso se fingió loco y enfermo. Si Chaloner se había vuelto loco no podría ser condenado.

No le sirvió para nada.

El juicio se inició el 1 de marzo de 1699. Newton empleó dos de los seis testigos en incriminar a Chaloner, demostró que había sido el inductor de que Holloway huyera de Inglaterra para no declarar en su contra y frustrar el primer intento de ser juzgado. El 3 de marzo fue la batalla final. Dado que no había abogados, Chaloner asumió su defensa, pero no consiguió demostrar que los testigos estuvieran contaminados y sus declaraciones tuvieron todo el valor procesal. Newton continuó con toda su información y su relato fue exhaustivo, poniendo en cada punto el testigo correspondiente. Aún intentó Chaloner aducir un problema de jurisdicción, pero ese día el jurado tenía aún pendientes 12 causas más. Su queja no fue atendida.

Chaloner fue citado para el día siguiente.

El 4 de marzo de 1699 oyó su sentencia: condenado a morir en la horca.

Newton recibió una nueva carta de súplica de Chaloner, pero, como todas las anteriores, no la leyó. Tampoco asistió a la ejecución.

Final

Ya se ha dicho: si William Chaloner ha pasado a la historia ha sido por su enfrentamiento directo con Newton, pero suscitó el suficiente interés social como para que muy poco después de su muerte fuera publicada su biografía. Yace en una tumba anónima, pero las líneas finales de su biógrafo bien pudieran ser su epitafio: Así vivió y murió un hombre que de haber sabido conciliar su talento con las leyes, hubiera podido ser útil a su país. Pero siguió los dictados de su vileza y fue cercenado como un miembro podrido de la sociedad.

¿Y Newton? La guerra contra Francia (origen de la ruina de Inglaterra y de la consulta que llevó a Newton a la casa de la Moneda) terminó en 1697. Dos años más tarde fue ascendido a Patrón de la Casa de la Moneda, un cargo mayor. Siguió acuñando moneda que, al decir del cajero de la ceca, bajo la dirección de Newton había visto alcanzar una calidad en las monedas como jamás se hubiera visto en todos los anteriores reinados. Pero desaparecido su gran rival dedicó menos tiempo a perseguir a los falsificadores. ¿Se volvería a acordar del hombre que le había puesto en jaque y que le obligó a emplearse a fondo en unas tareas que ni él mismo habría imaginado?

Cuatro años más tarde volvió sobre sus temas de Filosofía Natural y terminó su manuscrito de la obra Óptica y, a finales de 1703, fue nombrado presidente de la Royal Society of London.

Falleció el 20 de marzo de 1727 y también hay algo que escribió poco antes de morir -un pensamiento muy alejado de los sucesos que ocurrieron con Chaloner y las falsificaciones de moneda- y que podría considerarse su epitafio: No sé qué opinará el mundo de mí, pero yo me siento como un niño que juega en la orilla del mar y se divierte descubriendo de vez en cuando un guijarro más liso o una concha más bella de lo corriente, mientras el gran océano de la verdad se extiende ante mí, todo él por descubrir.

© Juan Pedro Fernández Romero

BIBLIOGRAFÍA:

RICHARD S. WESTFALL (2004).- Isaac Newton: una vida. 380 páginas. Edita, ABC, S.L.

THOMAS LEVENSON (2011).- Newton y el falsificador. La desconocida carrera como detective del fundador de la ciencia moderna. 399 páginas.  Alba editorial, s.l.u.


Notas

[1]  Hubo cierta controversia científica en relación a quién desarrolló por primera vez el cálculo infinitesimal. Ver por ejemplo: https://es.wikipedia.org/wiki/Controversia_del_c%C3%A1lculo#:~:text=La%20conocida%20como%20controversia%20del,quien%20invent%C3%B3%20el%20C%C3%A1lculo%20infinitesimal.

[2] Un incidente con un compañero puede ser ilustrativo de su carácter. El compañero era posiblemente Arthur Storer, (el astrónomo que descubrió el cometa que luego se denominó Halley, al predecir éste su nueva aparición). Según el relato, el tal Arthur le dio una patada en el estómago, supuestamente como represalia a alguna broma pesada de Newton. Como fuese, Newton retó a una pelea al otro niño en el patio de la iglesia para devolverle el golpe. El hijo del maestro se acercó a ellos y azuzó la pelea palmeándole la espalda a uno y guiñándole el ojo al otro. Aunque Newton no era tan fuerte como su rival tenía mayor decisión y golpeó al otro hasta que se rindió y declaró que no pelearía más. El hijo del maestro le pidió a Isaac que lo tratara como a un cobarde y le restregara la nariz contra la pared. Entonces Isaac lo agarró de las orejas y golpeó su cara contra uno de los lados de la iglesia.

Newton aparentemente prefería la compañía femenina. Para su amiga Catherine Storer (hermana de Arthur Storer) varios años más joven que él, construyó muebles de muñecas utilizando herramientas con mucha habilidad. Además, en el terreno de las suposiciones pudo haber un romance entre los dos jóvenes cuando fueron mayores. Según los registros conocidos, pudo haber sido la primera y posiblemente la única y última experiencia romántica con una mujer en su vida. Tiempo después, la señorita Storer se casó con un hombre apellidado Vincent y recordaba a Newton como un joven silencioso y pensativo. (https://es.wikipedia.org/wiki/Isaac_Newton)

[iii] Newton, que seguía en forma intelectualmente, cuando llevaba 8 meses al frente de la Casa de la Moneda, en plena gran reacuñación recibió una carta desafiante de Johann Bernoulli (un matemático suizo que se convirtió en defensor de Leibniz en la polémica que mantenía con Isaac Newton, sobre quién había sido el primero en enunciar los principios del cálculo infinitesimal) fue el 29 de enero de 1697. En la carta se exponían dos problemas: uno de ellos lo había publicado en una revista científica de la época –Acta Eruditorum– y había fijado un plazo de seis meses para su resolución. Pasado el plazo sólo había recibido una carta de Leibniz diciendo que lo había resuelto. Pero pedía que se publicara para toda Europa.

Bernoulli (y Leibniz) habían interpretado el silencio de Newton durante esos seis meses como que el problema le había desconcertado. Y ahora, y haciendo caso al ruego de Leibniz, publica el problema en la revista científica Philosophical Transactions y añade un problema más. Y a fin de que el reto sea lo más directo posible, remite una carta a Newton con copias de los problemas.

Newton aceptó el desafío, registró el momento de recepción de la carta (Recibí el pliego de los problemas de Francia el 29 de enero de 1696). Se tiene constancia que Newton llegó a las cuatro de la tarde de la ceca, leyó los problemas y no durmió hasta que los hubo resuelto hacia las cuatro de la madrugada. Inmediatamente escribe una carta explicativa al presidente de la Royal Society y le adjunta la solución a los dos problemas.

Bernoulli recibió en total tres cartas con sendas soluciones: una de Leibniz, otra del marqués de L’Hôpital (matemático francés) y otra desde Inglaterra… anónima.

Bernoulli reconoció al autor por la autoridad que se desprendía del documento Ex ungue leonem, como se reconoce al león por sus garras, dejó escrito Bernoulli. RICHARD S. WESTFALL (2004).- Isaac Newton: una vida. Páginas: 74-75

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