Crisóstomo Martínez

(Abridor de láminas)

Un aire fresco recorrió España en la ciencia de finales del siglo XVII. Se manifestó como una de revolución científica a través de un grupo minoritario de estudiosos —los novatores— que asumieron los presupuestos de la nueva ciencia frente a la tradición de la Edad Media. Sorprendentemente, en el ámbito médico en España, la aportación más importante a la ciencia anatómica de esa época, la realizó un pintor y grabador valenciano: Crisóstomo Martínez que, para mayor asombro, no había realizado estudios regulados de medicina.

¿Cómo pudo un artista, un simple “abridor de láminas” (como entonces se llamaban a los grabadores) llevar a cabo estas investigaciones?

Autorretrato. Grabado de Crisóstomo Martínez.

La entrevista

Llegada y estancia en París

El trabajo en París

Todavía pasó todo el invierno y la primavera enfermo y enclaustrado en el Collège, según cuenta en una de sus cartas, un total de ocho meses le retuvo la enfermedad. Aún así, pudo trabajar. Luego, en su segundo año en París, en los meses de mayo, julio y septiembre, envió las tres cartas (que se conservan) dirigidas a quien siempre le había apoyado, el doctor Castelldases.

Crisóstomo Martínez no se limitaba solo a estudiar las novedades científicas, sino a corroborar directamente sobre el cuerpo todo lo aprendido, y luego, aplicar su más pulida técnica para elaborar los grabados anatómicos. Además, incorporando el aspecto microscópico de la osteología que estudiaba, asunto que ya había iniciado desde los años en Valencia. De hecho, en la historiografía de ahora es considerado uno de los llamados “microscopistas clásicos” junto a Malphigi, Bellini y Leeuwenhoek, todos coetáneos y los primeros microscopistas de la historia.

Fue indagando los entresijos de los huesos a nivel microscópico, completando los estudios que había iniciado antes del viaje a París, que dio con lo que él consideró su gran descubrimiento: Los vasos adiposos.

Los vasos adiposos

Hay que situar el contexto. Los conocimientos anatómicos del siglo XVII, se asentaban sobre el saber que había desarrollado en el siglo anterior el movimiento vesaliano. Andrés Vesalio (1514-1564), el gran anatomista nacido en los antiguos Países Bajos cuando esos territorios eran gobernados por la monarquía hispánica, revolucionó el estudio de la anatomía al convertir la disección de cadáveres en fuente exclusiva de conocimiento anatómico.

Es en este sentido que Crisóstomo Martínez era integrante de este movimiento, pues sus estudios los llevaba a cabo sobre las disecciones que realizaba, pero añadió a ello, el estudio de la textura íntima de las partes anatómicas y se adentró en la indagación de la función de las mismas. Estos dos aspectos novedosos: microscopía y funcionalidad, le integraban de lleno en el movimiento novator.

Y apoyado en las observaciones con su microscopio se concentró en una cuestión fisiológica candente en ese momento: ¿Dónde se producía la grasa y cómo se repartía por el cuerpo?

Este problema, el del origen y distribución de la grasa era una cuestión palpitante en la época, para la que se habían propuesto varias alternativas. Pero el grabador valenciano propuso una nueva: pensó que todo partía del modo en que llegaba la sangre a los huesos, por esto estudió la irrigación sanguínea de los huesos y con ayuda del microscopio descubrió que en su tuétano (la médula) se producía un filtrado.

Este, según Crisóstomo Martínez, era el doble papel de los huesos: sostener el cuerpo y filtrar la sangre. Entonces formuló la que creyó que era su más importante aportación:

“La grasa (a la que llama de diferentes maneras: “licor balsámico” y “licor oleaginoso”) que proviene de la sangre, llega al interior del hueso, se filtra en la red íntima de trabéculas internas (la red tridimensional, de finas ramillas óseas que dan aspecto esponjoso al hueso) y una vez filtrada se deposita en las vesículas que llenan lo profundo del hueso. Todo lo cual se puede ver con el microscopio. Este ‘licor balsámico’ del hueso no es otra cosa que la grasa filtrada desde la sangre y almacenada en las tales vesículas que forman el tuétano, o médula; desde aquí la grasa, una vez filtrada, se distribuye por el cuerpo a través de un sistema especial de vasos: los vasos adiposos. Estos vasos adiposos son diferentes de las arterias, venas, vasos linfáticos y nervios”. Esto fue lo que Crisóstomo Martínez descubrió e interpretó en sus observaciones.          

La medicina galénica siempre había dado a la médula un papel de nutrición del hueso, pero no era así, y durante los años en los que trabajó Crisóstomo Martínez fueron especialmente ricos en estudios fisiológicos de la médula. El propio Duverney, su maestro en París, estudió su inervación, es decir, cómo el sistema nervioso ejercía su acción sobre el hueso, y Havers, en 1691, hizo una descripción de la médula extraordinariamente parecida a la que había hecho Crisóstomo Martínez.

A esta hipótesis, a la que dedicó muchos esfuerzos, tratando incluso estudiar la distribución de estos vasos adiposos en el tejido muscular, debe ser situada en el marco histórico en la que fue formulada. No es correcta hoy en día, pero la ciencia se construye paso a paso. Su hipótesis suponía un origen de la grasa a partir de la sangre, dio una interpretación funcional al “tuétano” de los huesos con la existencia de una “vejiguillas almacenadoras” y eso implicaba la existencia de una circulación adiposa.

No fue solo un experto grabador, sino un científico inmerso en las nuevas metodologías de la ciencia que no se limitaba al estudio de la anatomía “seca” sino que contemplaba aspectos acerca de las funciones que el esqueleto desempeñaba. Por esto la historia le ha considerado un científico “moderno”.

Crisóstomo Martínez, un científico moderno

López Piñero (1982) cree que este supuesto descubrimiento es el que demuestra que Crisóstomo Martínez llegó a integrarse en lo que hoy llamamos “Frente de investigación” de la ciencia anatómica de su tiempo. Y lo hizo al tiempo con el talante ingenuo de un científico novator, dado que su trabajo cumplía fielmente todos los objetivos de aquella “osteología fresca” que tenía en cuenta no sólo lo morfológico sino lo funcional.

En los siguiente seis puntos esenciales basa López Piñero su afirmación:

  1. El estudio de la inserción del ligamento y el músculo al hueso, en su parte exterior y en la interior.
  2. El estudio sobre cómo se inserta la membrana que recubre el hueso —el periostio— y sirve para su crecimiento y renovación.
  3. El examen con sumo detalle de los “poros” exteriores del hueso y su relación con el periostio y su correspondencia hacia el interior.
  4. La indagación de la estructura de la sustancia ósea compacta (aunque aquí erró) pues negó la existencia de lo que posteriormente fueron llamados “conductos de Havers”.
  5. El estudio minucioso del “hueso esponjoso” al que dedicó sus mejores láminas y supo ver el significado de las trabéculas óseas, (las laminillas de espesor variable que forman una red tridimensional para proporcionar soporte y resistencia al hueso). Crisóstomo Martínez les atribuyó un papel de “sustentáculo de la fábrica medular o tuétano”. (Hoy se sabe que en los espacios entre las trabéculas está alojada la médula ósea roja responsable de la producción de células sanguíneas).
  6. Y, sobre todo, prestó atención especial, a la irrigación ósea; la relación entre las conexiones de la irrigación arterial y venosa y su conexión con los nervios. Se aplicó en estudiar los últimos remates de estas arborizaciones y vio o creyó ver “unos saquitos o diminutas vejigas en las que se deposita el `licor balsámico´ al cual llaman tuétano”.

De este modo Crisóstomo Martínez, un dibujante valenciano, hijo de un humilde velluter (un tejedor de la seda), habría incorporado a la ciencia española las inquietudes e intereses más renovadores de la nueva ciencia que surgía en Europa, y todo ello al margen de las universidades, con criterios empíricos, una limitación que superó mediante las buenas relaciones que supo entablar con los científicos académicos.

A Crisóstomo Martínez le hubiera complacido discutir su hipótesis con el catedrático que le ayudó en Valencia. ¡Cuánto le hubiera agradado que el doctor Castelldases le confirmara o no sus observaciones y su hipótesis!, pero se tuvo que conformar con remitirle una carta, su última carta, todavía en Paris, y manifestarle implícitamente un ruego entre ingenuo y esperanzado: “… Leo, doctor,  que el canal que lleva el quilo al corazón, lleva el nombre de quién lo halló, que es Pequet; Bartholino de Dinamarca fue el primero que halló los vasos linfáticos; Thomar Warton el primero en hallar los ductos inferiores de la saliva…y yo, em folgaría de ser el oli sobre les col avent trobat el primer les conduits de la grasa”. Y le expresó el ruego que divulgara su teoría “para que los extranjeros no me usurpen este gustillo de primacía”.

Por toda recompensa anhelaba pasar a la historia como el primer descubridor de los vasos adiposos, los conductos de la grasa.

Pero sus investigaciones chocaban con su realidad personal. Sin duda su huida de Paris debió influir negativamente en su trabajo, aún así trató de recomponer todas sus tareas y debió suponer un tremendo esfuerzo.

Un final desconocido: Flandes

Es muy posible que sus amigos le aconsejaran que abandonara París, es muy posible que le ayudaran a huir, también es posible que llegaran a sospechar de él, no hay que olvidar que estaba acusado de “traición”. El grabador valenciano abandonó París, aunque una versión distinta es la del virrey de Valencia que afirmó que “Comenzada la guerra, el rey de Francia lo desterró”. Lo cierto es que dejó atrás París en 1690 y al parecer se asentó en Flandes, territorio entonces de la monarquía Hispánica.

En noviembre de 1695 desde España se interesaron de nuevo por su paradero y el mismo Virrey de Valencia se trasladó a la corona en Flandes, pero su búsqueda resultó infructuosa. Nada llegó a saber de él.

¿Dónde estuvo? ¿Qué fue de Crisóstomo Martínez? En Amberes se pierde el rastro sobre la vida y la obra del grabador valenciano.

Solo sus 19 excelentes grabados que junto a sus notas fueron conservados en el Ayuntamiento de Valencia dan testimonio de Crisóstomo Martínez, el abridor de láminas, que sin tener formación reglada médica realizó, en España, la aportación más importante a la ciencia anatómica de esa época.

© Juan Pedro Fernández Romero


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