(Abridor de láminas)
Un aire fresco recorrió España en la ciencia de finales del siglo XVII. Se manifestó como una de revolución científica a través de un grupo minoritario de estudiosos —los novatores— que asumieron los presupuestos de la nueva ciencia frente a la tradición de la Edad Media. Sorprendentemente, en el ámbito médico en España, la aportación más importante a la ciencia anatómica de esa época, la realizó un pintor y grabador valenciano: Crisóstomo Martínez que, para mayor asombro, no había realizado estudios regulados de medicina.
¿Cómo pudo un artista, un simple “abridor de láminas” (como entonces se llamaban a los grabadores) llevar a cabo estas investigaciones?

Autorretrato. Grabado de Crisóstomo Martínez.
La entrevista
El 19 de julio de 1687 Crisóstomo Martínez llegó a París. Por fin conseguía lo que había sido su anhelo durante años.
Desde su habitación en el Collège de Montaigue, donde residió desde su llegada, recordó las largas horas dedicadas al estudio de la anatomía humana, mientras con su oficio de pintor y “abridor de láminas” (grabador) sacaba adelante a su familia: mujer y cuatro hijos. Pintaba retratos principalmente y realizaba grabados para libros que se imprimían en Valencia, la ciudad donde residía. Hasta ocho grabados en cobre se conservan en la Biblioteca Nacional.[1]
No sabría decir el grabador valenciano en qué momento evolucionaron hacia la ciencia sus inquietudes intelectuales, pero sí que aquella motivación fue suficiente para empujarle de manera intensa y autodidacta hacia el estudio científico médico; se centró en la anatomía humana, y lo hizo con verdadero ahínco, ya que, aprovechando sus dotes de grabador, llegó a componer doce láminas sobre los huesos del cuerpo humano. Lo que aprendía sobre los textos lo traducía a dibujos que después grababa. Desde 1683, cuatro años antes de su llegada a Francia, comenzó a realizar los trabajos anatómicos.
Mientras realizaba esta extenuante labor vocacional, (por la que no recibía compensación económica alguna) sumada a la profesional, había sido capaz de contactar con los profesores de la Facultad de Medicina de Valencia. Una facultad que entonces se alineaba con el movimiento Novator español, y consiguió, no sólo que le atendieran, sino que empezaran a valorar su proyecto.
Cuando concluyó esas primeras láminas, empaquetó los doce grabados y se presentó ante el propio catedrático de medicina, el doctor Juan Bautista Gil de Castelldases con el que ya había trabado una sincera amistad y le había hablado de sus trabajos anatómicos. Tenía por entones unos cuarenta años.
—¡Pero este trabajo es excelente mi querido amigo! —Exclamó el doctor Castelldases tras su amplia mesa examinando con sumo interés aquellos grabados—. El planteamiento es completamente novedoso y su calidad artística está fuera de toda duda. Amigo Crisóstomo domina usted como nadie el arte del grabado. —El catedrático se detuvo largo rato estudiando los detalles anatómicos que las láminas mostraban con una claridad excepcional—.
—Son muy superiores a las ilustraciones de Juan de Valverde y de Juan de Arfe[2], los mejores ilustradores desde hace cien años. Pero veo aquí que su rigurosidad científica es verdaderamente extraordinaria. Ha progresado usted mucho en sus estudios, desde aquella vez en que me solicitó que le prestara uno de mis manuales de anatomía. —Dijo al fin complacido el catedrático.
—Llevo trabajando en ellas varios años, doctor. Y como le dije he empezado a manejar, con cierta destreza, si me permite decirlo, el microscopio, que tanto me costó conseguir. Observe las láminas que he señalado como X y especialmente la XI.[3]

LÁMINA XI (Según el orden del “Atlas Anatómico de Crisóstomo Martínez” Publicado por López Piñero en 1982). Grabado microscópico donde descubre los “vasos adiposos”.
Las láminas que observaba el catedrático no tenían nada que ver con la osteología clásica: el estudio del hueso “desnudo” y “seco”.[4] Lo que tenían de especial aquellas láminas era que mostraban una visión estructural, por supuesto, pero también evolutiva (desde el punto de vista embriológico) y fisiológica (funcional), y señalaban cómo realizaban los huesos su función y movimiento en el cuerpo humano. Detallaban de qué manera se insertaban los ligamentos, como se acoplaban los cartílagos, cómo se irrigaban de sangre los huesos y de qué manera se unían a ellos los nervios. En uno de esos grabados, los especialistas podían ver no sólo los huesos sino también el modo de funcionamiento. Esta nueva manera de contemplar la anatomía se llamaba de modo general “osteología fresca”[5] y esta fue la que adoptó el grabador valenciano.
—Me he esforzado especialmente, Doctor, en estudiar minuciosamente la íntima textura de la inserción del ligamento al hueso. Algunos han afirmado que el músculo, el tendón y el hueso es todo una continuación de fibras diferenciándose solo en la consistencia, pero no es así Doctor. Con el microscopio he visto como se implanta el tendón sobre la superficie del hueso, pero hacia su interior se ve como sutilísimas fibras, casi invisibles, del tendón se van separando cada vez más, ocupando senos interiores y poros sobre todos en las epíphysas (sic) y algo, en los extremos de la parte principal del hueso. Y todo ello lo he grabado en mis láminas.
Crisóstomo Martínez era coetáneo de Anton van Leeuwenhoek, el comerciante de paños que, científico aficionado como el valenciano, sobresalió por ser el primero en realizar observaciones y descubrimientos con microscopios que fabricaba él mismo. Eran los primeros tiempos del microscopio, todavía instrumentos rudimentarios con lentes talladas a mano que solo conseguían pocos centenares de aumentos, pero Crisóstomo supo ver la potencialidad de investigación que brindaban y no dudó en utilizarlo como una importante herramienta.
Luego, el grabador valenciano, le reveló su gran descubrimiento: los “vasos adiposos” en el interior del hueso.
—Con ayuda del microscopio, doctor, he elaborado una hipótesis muy plausible sobre el origen y distribución de la grasa y de qué manera el hueso la filtra. Pero sería largo detenerme ahora en detalles y no deseo robarle a usted mucho tiempo.
Gil de Castelldases, que se había formado en la Universidad de Valencia y se había alineado con las corrientes médicas “modernas”, que había pasado de ocupar la cátedra de “Herbes” a la cátedra “Prima” —la que impartía clases por la mañana y era mejor pagada— la figura médica de mayor prestigio de la institución valenciana durante ese final de siglo, no pudo por menos que felicitar a su entusiasta amigo.
—Debemos emplazarnos para otro momento. Esos “vasos adiposos” requieren mayor atención y, sinceramente, ha logrado usted confeccionar unos grabados microscópicos muy notables que nunca había visto con tal detalle.
Parecía que con esa felicitación había terminado la entrevista, pero Crisóstomo Martínez no estaba dispuesto a volver a su casa sin más. Había ido a ver al catedrático con un propósito fundamental para su futuro.
—Pero doctor, como usted sabe, hay nuevos avances, progresos en el conocimiento anatómico y también en las técnicas de grabado. —El grabador se había tomado la licencia de levantarse y se desplazó hacia el mueble donde guardaba el catedrático los libros—. Usted mismo tiene en su biblioteca las obras de los mejores en anatomía: Thomas Willis y Thomas Warton. Veo también al holandés Reignier de Graff y al experto danés Thomas Bartholin… es preciso para mí ponerme al día en todo, y es en Francia donde podría recurrir a las dos disciplinas que me ocupan: la anatomía y el grabado. Allí se está produciendo un gran desarrollo. Y… —miró primero al suelo y luego clavó su mirada directamente en los ojos del catedrático— si me lo permite, reclamo su ayuda, su inestimable ayuda. Deseo viajar a Paris. —Hubo un silencio—. Es allí donde debo continuar mi obra.
Su elocuencia debió resultar de lo más convincente porque en noviembre de 1685, a instancias del doctor Castelldases, el claustro de la Facultad de Medicina, el Ayuntamiento de Valencia (del cual dependía) y los diputados de la Generalitat, solicitaron al rey Carlos II que autorizara una ayuda económica para la edición del atlas que, por supuesto, para su finalización, incluía el viaje al extranjero. Curiosamente, la única condición que exigieron fue que el libro con las láminas impresas debía estar dedicado a “esta Ilustre ciudad: Valencia”.
Imaginamos la alegría con la que el grabador valenciano recibió la noticia, y debió realizar con celeridad los preparativos puesto que, solo dos meses después de recibir doscientas libras[6] como primer pago de la beca, llegó a París y se instaló en Collège de Montaigue, el mismo en el que años antes estuvieron los españoles Juan de Celaya, Luis Vives y Domingo de Soto.
Llegada y estancia en París
Llegó en verano a París, pero no sería cómoda su estancia en la capital francesa. Aunque hablaba perfectamente el francés, su personalidad hacía de él una persona reservada y tímida, y enseguida vendría el otoño y su enfermedad de gota, arrastrada desde mucho tiempo antes, poco amiga del frío y la humedad, se resentiría gravemente. Todo ello acabó por restringir sus desplazamientos y mermó sus posibilidades de frecuentar círculos sociales. Pero, sobre todo, las dificultades para residir con tranquilidad en París vinieron dadas por un nefasto destino de la historia: Francia se convirtió en enemigo de España justo al año siguiente de su llegada.
Con el rey Luis XIV a la cabeza, Francia reclamaba derechos territoriales más allá de sus fronteras, y en 1688 invadió el Palatinado, una región situada en el oeste de Alemania en el valle del Rin; y para frenar las aspiraciones del reino de Francia se formó un grupo de naciones que le hizo frente, fue la Liga de Augsburgo[7] entre cuyas naciones se encontraba España. (El conflicto dio lugar a la guerra de los Nueve Años).
Durante un año, desde julio de 1687 (fecha en la que llegó a París) a septiembre de 1688 (fecha en la que se inició la guerra) logró, pese a todo, contactar con las personas relevantes de París que a él tanto le interesaban: grabadores de prestigio y científicos de la universidad.
Crisóstomo se entendía perfectamente en francés, lo que le permitió (aún de manera ocasional) entrar en los ambientes artísticos, así logró conocer a los grabadores, Jean Audran, un jovencísimo artista de veinte años que ya tenía una fama exquisita en su profesión, y Etienne Defrochers, que realizaba excelentes retratos en miniatura de personajes de su época. Ambos expertos, años después se convertirían en los grabadores reales y quedaron impresionados por la técnica que mostraba su nuevo amigo al componer las láminas anatómicas.
También durante el primer año de estancia, tuvo el grabador valenciano la habilidad contactar con el más célebre anatomista de la Académie des Sciences: Joseph-Guichard Du Verney. No hay que olvidar que Crisóstomo Martínez no era científico conocido, ni tenía estudios reglados de medicina, y que fue a París a estudiar los últimos avances en anatomía. Por este motivo produce admiración la capacidad y competencia que debía mostrar para, no solo hacerse escuchar, sino también hacer valorar sus proyectos.
Quizás fue este médico quien le diera a conocer una obra de anatomía, la que parecía ser el mejor libro ilustrado de medicina de la época, era del médico holandés Govert Bidloo[8] que incluía 107 láminas bellamente grabadas.
Estas láminas debieron impactar en el grabador valenciano por su fina y realista ejecución. Y debió comprar el libro pues en una de sus cartas a su mecenas en Valencia (El doctor Castelldases) le dice el precio: “un libro en folio grande que se vende a diecinueve escudos” y le confiesa que sus estampas “están finamente grabadas y así lo he de hacer yo, porque mi obra no pide menos”[9].
Así transcurrió el primer año desde su llegada. Luego, coincidiendo con los primeros días de la guerra, llegado ya el otoño y el frío parisino, a Crisóstomo se le agudizaron los males de gota. Debieron ser muy dolorosos pues durante ocho meses se vio impedido para salir de su habitación, de tal manera que los encuentros con sus amistades se cortaron de plano. Sus amigos, los futuros grabadores reales, comenzaron a preocuparse seriamente cuando transcurrió algún tiempo sin noticias de él.
—El señor Crisóstomo, como usted sabe bien —dijo Jean Audran a su amigo Etienne, mientras paseaban por la plaza de Santa Genoveva— es de esas personas que no recurrirán nunca a sus amigos, y, como parece estar siempre contento, no es fácil que nadie sospeche que pueda tener problemas. Sin embargo… ya lleva varios meses sin dar señales de vida… ¿Opina, como yo, mi querido Etienne, que deberíamos hacerle una visita?
—Estoy de acuerdo. Su alojamiento, el colegio de Montaigue, no queda lejos de donde nos hallamos. Le propongo que vayamos ahora.
Una benévola sonrisa en el desmejorado y pálido rostro del grabador valenciano les recibió y con gestos afables les hizo pasar.
— ¡Cuánto me alegra verles! Deben disculpar este desorden, pero el poco tiempo disponible que me deja mi enfermedad lo dedico exclusivamente a mi trabajo. —el olor a formol invadía la estancia— Oh! Espero no les moleste demasiado, llevo un mes entero estudiando la mano —Y señaló una vitrina de cristal repleta de formol donde conservaba un brazo entero—. Me alegra sinceramente que hayan venido, eso quiere decir que les preocupa este humilde grabador.
Los dos colegas le preguntaron por su enfermedad, por su trabajo, por cómo se desenvolvía en su día a día.
—Ya saben, mi gota aconseja no comer carne; y verduras y cebollas y frutas son ahora mi dieta, puede que adelgace, pero, créanme señores, lo prefiero a los intensos dolores.[10] —Hizo una pausa componiendo a la vez un gesto de preocupación—. Y no es esto ahora mi mayor preocupación, sino no poder cumplir el trato que tengo contraído con el ayuntamiento de allí de España, el que me paga la beca. Sólo he podido abrir tres láminas y si no consigo hacer los grabados convenidos, el dinero me será retirado; pero… vean, acompáñenme, con todo, ya he terminado cuarenta dibujos[11] —y con mucho cuidado los extendió sobre la mesa —. Y sobre todo miren: he conseguido grabar esta lámina de gran tamaño.[12]
Los dos grabadores franceses quedaron admirados por el trabajo que estaba llevando a cabo su amigo, se hicieron cargo de las dificultades por las que estaba pasando y el esfuerzo que ello le suponía. Pero aún se sorprendieron más cuando les confesó una nueva fuente de problemas.
—Sé con seguridad, amigos míos, que el gobierno francés, desde hace un tiempo sospecha de mí. Creen que me oculto y que llevo esta vida de retiro porque…, me da vergüenza decirlo, realizo tareas de espionaje ¡Es inaudito! Pero ya no me siento seguro aquí.
Sus amigos franceses no supieron qué decirle. Quizá le aconsejaran, tal vez también acabaran sospechando de él. Pero casi seguro que en el fondo se marcharan con mayor preocupación aún que la que tenían antes de la visita.
El trabajo en París
Todavía pasó todo el invierno y la primavera enfermo y enclaustrado en el Collège, según cuenta en una de sus cartas, un total de ocho meses le retuvo la enfermedad. Aún así, pudo trabajar. Luego, en su segundo año en París, en los meses de mayo, julio y septiembre, envió las tres cartas (que se conservan) dirigidas a quien siempre le había apoyado, el doctor Castelldases.
En ellas muestra su nivel de autoexigencia en el terreno científico: “…Son muchas cosas las que tengo que estudiar y especular de nuevo. Esta misma semana ha dado otro autor otra osteología. Vea usted como el estudio me acarrea nuevos materiales El propio du Verney, ya con el título de la Academia de Ciencias de París, hasta ahora no ha sacado nada más que un tratado de otología —del oído— y me ha dicho muchas veces que estimaría no haberlo hecho. Ya puede comprobar usted como están a la sazón estas materias”.
Le comenta algunos pormenores de su larga enfermedad y como, de los dos años que lleva residiendo en Paris, ha pasado ocho meses “como entre las manos de un verdugo”. Y de los 16 meses restantes, ha dedicado tres meses al “estudio microscópico de los huesos y la médula, cuya estructura y usos es un trabajo considerable. Y he debido estudiar los libros modernos de Willis, Diemerbroek, Bartolino, Graff y muchos otros autores que aún están en vida”.
Y en los trece meses restantes, a intervalos de enfermedad, “He podido grabar ya dos láminas grandes, una de las proporciones del cuerpo humano, dando una idea general de la miología y la osteología (la XIX antes citada); y la otra de la osteología puramente. Y también cuatro grabados pequeños los dedicados a los huesos del cráneo, el fémur y la tibia.” Estas seis láminas grabadas las envió a catedrático Gil de Castelldases y junto a las doce que había dejado en Valencia son las dieciocho que componen su Atlas de anatomía.
Consiguió editar una de estas láminas de grandes dimensiones (la dedicada a las proporciones humanas) y se debió valorar mucho esta lámina pues saldría a la luz nuevamente en Frankfurt-Leipzig en 1692.
La obra de Crisóstomo Martínez debió suscitar mucho interés en Paris pues, muchos años después, en 1740, se editaron las dos láminas grandes, y junto a ellas un elogio de su figura escrito por el anónimo editor en el que dejó constancia escrita del testimonio de dos personas que lo habían conocido personalmente: sus amigos Jean Audran y Etienne Defrochers, los dos, ya como grabadores reales, no dudaron en elogiar la memoria de su antiguo colega: “Se consagró sin descanso al estudio de la anatomía. Y era capaz de estudiar durante un mes un brazo, o la mano, o un dedo, con tal de conocer lo mejor que podía la mecánica o la admirable disposición de los órganos que constituyen el cuerpo humano”.[13] Ambas láminas y sus notas explicativas fueron muy utilizadas en la enseñanza de la anatomía destinada a los artistas que se formaban en la Académie Royale de Peinture, la cual en 1780 adquirió las planchas y publicó una reimpresión de ambos grabados y del folleto, manteniendo el mismo texto editado cuarenta años antes.[14]
Crisóstomo Martínez no se limitaba solo a estudiar las novedades científicas, sino a corroborar directamente sobre el cuerpo todo lo aprendido, y luego, aplicar su más pulida técnica para elaborar los grabados anatómicos. Además, incorporando el aspecto microscópico de la osteología que estudiaba, asunto que ya había iniciado desde los años en Valencia. De hecho, en la historiografía de ahora es considerado uno de los llamados “microscopistas clásicos” junto a Malphigi, Bellini y Leeuwenhoek, todos coetáneos y los primeros microscopistas de la historia.
Fue indagando los entresijos de los huesos a nivel microscópico, completando los estudios que había iniciado antes del viaje a París, que dio con lo que él consideró su gran descubrimiento: Los vasos adiposos.
Los vasos adiposos
Hay que situar el contexto. Los conocimientos anatómicos del siglo XVII, se asentaban sobre el saber que había desarrollado en el siglo anterior el movimiento vesaliano. Andrés Vesalio (1514-1564), el gran anatomista nacido en los antiguos Países Bajos cuando esos territorios eran gobernados por la monarquía hispánica, revolucionó el estudio de la anatomía al convertir la disección de cadáveres en fuente exclusiva de conocimiento anatómico.
Es en este sentido que Crisóstomo Martínez era integrante de este movimiento, pues sus estudios los llevaba a cabo sobre las disecciones que realizaba, pero añadió a ello, el estudio de la textura íntima de las partes anatómicas y se adentró en la indagación de la función de las mismas. Estos dos aspectos novedosos: microscopía y funcionalidad, le integraban de lleno en el movimiento novator.
Y apoyado en las observaciones con su microscopio se concentró en una cuestión fisiológica candente en ese momento: ¿Dónde se producía la grasa y cómo se repartía por el cuerpo?
Este problema, el del origen y distribución de la grasa era una cuestión palpitante en la época, para la que se habían propuesto varias alternativas. Pero el grabador valenciano propuso una nueva: pensó que todo partía del modo en que llegaba la sangre a los huesos, por esto estudió la irrigación sanguínea de los huesos y con ayuda del microscopio descubrió que en su tuétano (la médula) se producía un filtrado.
Este, según Crisóstomo Martínez, era el doble papel de los huesos: sostener el cuerpo y filtrar la sangre. Entonces formuló la que creyó que era su más importante aportación:
“La grasa (a la que llama de diferentes maneras: “licor balsámico” y “licor oleaginoso”) que proviene de la sangre, llega al interior del hueso, se filtra en la red íntima de trabéculas internas (la red tridimensional, de finas ramillas óseas que dan aspecto esponjoso al hueso) y una vez filtrada se deposita en las vesículas que llenan lo profundo del hueso. Todo lo cual se puede ver con el microscopio. Este ‘licor balsámico’ del hueso no es otra cosa que la grasa filtrada desde la sangre y almacenada en las tales vesículas que forman el tuétano, o médula; desde aquí la grasa, una vez filtrada, se distribuye por el cuerpo a través de un sistema especial de vasos: los vasos adiposos. Estos vasos adiposos son diferentes de las arterias, venas, vasos linfáticos y nervios”. Esto fue lo que Crisóstomo Martínez descubrió e interpretó en sus observaciones.
La medicina galénica siempre había dado a la médula un papel de nutrición del hueso, pero no era así, y durante los años en los que trabajó Crisóstomo Martínez fueron especialmente ricos en estudios fisiológicos de la médula. El propio Duverney, su maestro en París, estudió su inervación, es decir, cómo el sistema nervioso ejercía su acción sobre el hueso, y Havers, en 1691, hizo una descripción de la médula extraordinariamente parecida a la que había hecho Crisóstomo Martínez.
A esta hipótesis, a la que dedicó muchos esfuerzos, tratando incluso estudiar la distribución de estos vasos adiposos en el tejido muscular, debe ser situada en el marco histórico en la que fue formulada. No es correcta hoy en día, pero la ciencia se construye paso a paso. Su hipótesis suponía un origen de la grasa a partir de la sangre, dio una interpretación funcional al “tuétano” de los huesos con la existencia de una “vejiguillas almacenadoras” y eso implicaba la existencia de una circulación adiposa.
No fue solo un experto grabador, sino un científico inmerso en las nuevas metodologías de la ciencia que no se limitaba al estudio de la anatomía “seca” sino que contemplaba aspectos acerca de las funciones que el esqueleto desempeñaba. Por esto la historia le ha considerado un científico “moderno”.
Crisóstomo Martínez, un científico moderno
López Piñero (1982) cree que este supuesto descubrimiento es el que demuestra que Crisóstomo Martínez llegó a integrarse en lo que hoy llamamos “Frente de investigación” de la ciencia anatómica de su tiempo. Y lo hizo al tiempo con el talante ingenuo de un científico novator, dado que su trabajo cumplía fielmente todos los objetivos de aquella “osteología fresca” que tenía en cuenta no sólo lo morfológico sino lo funcional.
En los siguiente seis puntos esenciales basa López Piñero su afirmación:
- El estudio de la inserción del ligamento y el músculo al hueso, en su parte exterior y en la interior.
- El estudio sobre cómo se inserta la membrana que recubre el hueso —el periostio— y sirve para su crecimiento y renovación.
- El examen con sumo detalle de los “poros” exteriores del hueso y su relación con el periostio y su correspondencia hacia el interior.
- La indagación de la estructura de la sustancia ósea compacta (aunque aquí erró) pues negó la existencia de lo que posteriormente fueron llamados “conductos de Havers”.
- El estudio minucioso del “hueso esponjoso” al que dedicó sus mejores láminas y supo ver el significado de las trabéculas óseas, (las laminillas de espesor variable que forman una red tridimensional para proporcionar soporte y resistencia al hueso). Crisóstomo Martínez les atribuyó un papel de “sustentáculo de la fábrica medular o tuétano”. (Hoy se sabe que en los espacios entre las trabéculas está alojada la médula ósea roja responsable de la producción de células sanguíneas).
- Y, sobre todo, prestó atención especial, a la irrigación ósea; la relación entre las conexiones de la irrigación arterial y venosa y su conexión con los nervios. Se aplicó en estudiar los últimos remates de estas arborizaciones y vio o creyó ver “unos saquitos o diminutas vejigas en las que se deposita el `licor balsámico´ al cual llaman tuétano”.
De este modo Crisóstomo Martínez, un dibujante valenciano, hijo de un humilde velluter (un tejedor de la seda), habría incorporado a la ciencia española las inquietudes e intereses más renovadores de la nueva ciencia que surgía en Europa, y todo ello al margen de las universidades, con criterios empíricos, una limitación que superó mediante las buenas relaciones que supo entablar con los científicos académicos.
A Crisóstomo Martínez le hubiera complacido discutir su hipótesis con el catedrático que le ayudó en Valencia. ¡Cuánto le hubiera agradado que el doctor Castelldases le confirmara o no sus observaciones y su hipótesis!, pero se tuvo que conformar con remitirle una carta, su última carta, todavía en Paris, y manifestarle implícitamente un ruego entre ingenuo y esperanzado: “… Leo, doctor, que el canal que lleva el quilo al corazón, lleva el nombre de quién lo halló, que es Pequet; Bartholino de Dinamarca fue el primero que halló los vasos linfáticos; Thomar Warton el primero en hallar los ductos inferiores de la saliva…y yo, em folgaría de ser el oli sobre les col avent trobat el primer les conduits de la grasa”. Y le expresó el ruego que divulgara su teoría “para que los extranjeros no me usurpen este gustillo de primacía”.
Por toda recompensa anhelaba pasar a la historia como el primer descubridor de los vasos adiposos, los conductos de la grasa.
Pero sus investigaciones chocaban con su realidad personal. Sin duda su huida de Paris debió influir negativamente en su trabajo, aún así trató de recomponer todas sus tareas y debió suponer un tremendo esfuerzo.
Un final desconocido: Flandes
Es muy posible que sus amigos le aconsejaran que abandonara París, es muy posible que le ayudaran a huir, también es posible que llegaran a sospechar de él, no hay que olvidar que estaba acusado de “traición”. El grabador valenciano abandonó París, aunque una versión distinta es la del virrey de Valencia que afirmó que “Comenzada la guerra, el rey de Francia lo desterró”. Lo cierto es que dejó atrás París en 1690 y al parecer se asentó en Flandes, territorio entonces de la monarquía Hispánica.
Se sabe que allí siguió trabajando. Continuaba con su voluntad de cumplir los compromisos con el Ayuntamiento de Valencia de enviar las láminas grabadas acordadas, aunque para ello debiera seguir invirtiendo mucho tiempo en la investigación. En 1693 informaba de que había seguido trabajando en una nueva tabla de 1,4 metros de alto[15] y consiguió hacer un envío de 44 de sus láminas, pero, una verdadera desgracia, todas estas láminas se perdieron.
En noviembre de 1695 desde España se interesaron de nuevo por su paradero y el mismo Virrey de Valencia se trasladó a la corona en Flandes, pero su búsqueda resultó infructuosa. Nada llegó a saber de él.
¿Dónde estuvo? ¿Qué fue de Crisóstomo Martínez? En Amberes se pierde el rastro sobre la vida y la obra del grabador valenciano.
Solo sus 19 excelentes grabados que junto a sus notas fueron conservados en el Ayuntamiento de Valencia dan testimonio de Crisóstomo Martínez, el abridor de láminas, que sin tener formación reglada médica realizó, en España, la aportación más importante a la ciencia anatómica de esa época.
© Juan Pedro Fernández Romero
[1] VELASCO MORGADO, RAÚL (2012).- Nuevas aportaciones documentales sobre el grabador Crisóstomo Martínez y su atlas de anatomía. Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, 2012, vol. LXIV, nº 1, enero-junio, págs. 189-212, ISSN: 0210-4466. https://asclepio.revistas.csic.es/index.php/asclepio/article/view/518/520
[2] LÓPEZ PIÑERO, JOSÉ Mª (1982). ).- El Atlas Anatómico de Crisóstomo Martínez. Ed. Publicaciones del Archivo Municipal de Valencia. Ayuntamiento de Valencia.(Segunda edición revisada y ampliada) Pág. 42.
[3] Aquí se pueden ver las láminas conservadas en el archivo histórico de l Ayuntamiento de Valencia https://www.uv.es/fresquet/Expo_medicina/Renacimiento/morfologia.html
[4] LÓPEZ PIÑERO, JOSÉ Mª (1982).- El Atlas Anatómico de Crisóstomo Martínez. Ed. Publicaciones del Archivo Municipal de Valencia. Ayuntamiento de Valencia.(Segunda edición revisada y ampliada)
[5] Ibíd. LÓPEZ PIÑERO, José Mª. Pág. 46
[6] La libra valenciana era una unidad monetaria referencial perteneciente a un sistema monetario valenciano y se fundamentaba en el peso de la plata. Una libra correspondía a 327 gramos de plata.
[7] https://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Alianza
[8] Ver, por ejemplo: https://www.ucm.es/historiadelasalud/govard-bidloo
[9] CARTAS DE CRISÓSTOMO MARTÍNEZ A DR. GIL DE CASTELLDASES. En LÓPEZ PIÑERO, José Mª (1982). Pág. 94
[10] Los detalles sobre su personalidad, y modo de vida, aparecen en “Elogio histórico” y López Piñero acepta la credibilidad de este documento (LÓPEZ PIÑERO, JOSÉ Mª (1982). PÁG.25)
[11] VELASCO MORGADO, RAÚL (2012. Pág: 200
[12] La que está señalada como LÁMINA XIX en el ”Atlas Anatómico de Crisóstomo martínez” de LÓPEZ PIÑERO, JOSÉ Mª (2012) y se publicó en Paris en 1688
[13] ELOGIO HISTÓRICO DE CRISÓSTOMO MARTÍNEZ. En LÓPEZ PIÑERO, JOSÉ Mª (1982). PÁG. 68
[14] Ver https://historia-hispanica.rah.es/biografias/28026-crisostomo-martinez
[15] VELASCO MORGADO, RAÚL (2012). Pág. 202
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