La Gran Cadena del Ser

Resumen comentado del libro “La Gran Cadena del Ser”, de Arthur O. Lovejoy

En su portada, el libro incluye el subtítulo “Historia de una idea” y el autor destaca desde el prefacio su interés por dar a conocer la historia de “La Gran Cadena del Ser”. A lo largo de los más de noventa años transcurridos desde entonces ha tenido la ventura de convertirse en un prestigioso clásico y sigue siendo referente fundamental del tema.

Una idea antigua y poderosa

En su capítulo introductorio, nada tímido, Lovejoy explica que

“… La historia de las ideas, pues, no es tema para entendimientos demasiado sectorializados y encuentra ciertas dificultades en una época de especialización. …”

a continuación, asegura que

“… La historia de la filosofía y de todas las fases de la reflexión humana es, en gran parte, la historia de la confusión de las ideas; …”

y acaba con una formidable advertencia:

“…, creo que es justo advertir a quienes (…) son indiferentes a la historia que vamos a contar aquí, que sin estar familiarizados con ella no es posible la menor comprensión del desarrollo del pensamiento occidental en ninguno de sus principales dominios.”

Los Principios

El Principio de Razón Suficiente se emplea como fundamento y confirmación a los tres principios de la Gran Cadena del Ser: el principio de plenitud, el principio de continuidad y el principio de gradación unilineal. Los tres derivan de planteamientos filosóficos de Platón y Aristóteles.

Principio de plenitud

Explica a continuación que la idea de completitud del mundo no había recibido un nombre apropiado. En una nota a pie de página, indica que Bertrand Russell

Y añade una frase que podría entenderse como su definición breve:

Principio de continuidad

  • El principio de continuidad afirma que cada ser, en cumplimiento del principio de plenitud, está acompañado por otros seres ligeramente distintos de forma que todo el conjunto de seres de la Creación constituye un continuo en que no hay saltos. Más adelante, la máxima “natura non facit saltum” hizo fortuna y fue repetida una y otra vez a lo largo de más de veinte siglos.

Lovejoy afirma que

Antigüedad

Establecidos los principios, Lovejoy se embarca en un periplo de más de dos milenios de duración, señalando las vicisitudes de las ideas que acabaron por establecer el concepto de Gran Cadena del Ser hasta que se produjo su colapso en el siglo XIX, precisamente cuando había alcanzado su formulación más completa. Aquí se recoge una selección de las aportaciones más significativas ordenadas cronológicamente.

Platón

“Lo fundamental del grupo de ideas cuya historia vamos a examinar aparece por primera vez en Platón; y casi todo lo que sigue podría, por tanto, servir para ilustrar la famosa observación del profesor Whitehead de que «la más segura caracterización general de la tradición filosófica europea es que consiste en una serie de anotaciones a Platón».”

Un conflicto fundamental

Se aviene, por tanto, a reconocer que casi todos los temas importantes que abarca la Filosofía fueron tratados ya por Platón. Cualquiera que sea el tema filosófico de que se trate, Platón llegó primero. Hecho el doble reconocimiento, al filósofo griego y a su maestro en Oxford, Lovejoy entra rápidamente en materia señalando el origen de un conflicto fundamental:

“… Pero hay dos grandes corrientes contrapuestas dentro de Platón y de la tradición platónica. Respecto a la hendidura más profunda y de más largo alcance que divide a los sistemas filosófico y religiosos, Platón se mantuvo en ambos lados y su influencia sobre las posteriores generaciones ha operado según dos direcciones opuestas. La hendidura a la que me estoy refiriendo es la que existe entre lo que llamaré ultramundaneidad y estamundaneidad.”

Lovejoy entiende la estamundaneidad como la opción filosófica que concede el máximo valor a las cosas que son percibidas como reales por nuestros sentidos.

Por el contrario, la ultramundaneidad considera que la vida terrenal no es más que una pálida introducción a la vida mucho más valiosa y perfecta situada más allá de este mundo.

Bien y Bondad

Pero la dualidad apunta aún más arriba, directamente a Dios. Dios es el Bien máximo, pero es también la máxima Bondad.

En cuanto Bien máximo, Dios es perfecto y completo en sí mismo. No tiene necesidades, es autosuficiente y eterno. Un ser con estas características podría existir eternamente en su soledad perfecta. No tendría ningún motivo para crear el mundo. Libre de necesidades, inaccesible, habita mucho más allá de las preocupaciones y aspiraciones de todos los seres ajenos a él.

Planteadas las cosas de este modo, el bien máximo justifica la ultramundaneidad y la bondad hace lo propio con la estamundaneidad.

Platón juega en ambos lados, claramente antagónicos, y lo hace, según señala Lovejoy, como si no fuera consciente de ello. ¿Es un descuido, una incoherencia? Abierta la hendidura, no hay reunificación posible. Y cumpliendo hasta más allá de lo esperado la “maldición” de Whitehead, a lo largo de la historia las distintas escuelas filosófico-religiosas escogerán una de las dos, ignorando de un modo u otro la alternativa.

Aristóteles: orden en la diversidad

Discípulo de Platón y de Sócrates (470-399 a. C.), Aristóteles acabó adoptando una perspectiva mucho más asociada al medio físico y en muchos aspectos sus opiniones se ajustan a lo que suele entenderse como “sentido común”. Consecuentemente, en su Filosofía hizo un gran esfuerzo por conciliar la razón con el mundo exterior que percibimos mediante los sentidos.

Scala Naturae

Volviendo a Lovejoy:

Un Universo razonable

Para Aristóteles, la mente del Creador es inteligente y su obra es inteligible. El Universo creado debe ser razonable y perfecto. Por tanto, en sus estudios sobre el mundo natural se esfuerza en racionalizar la asombrosa multitud de formas de vida. El objetivo es descubrir el Plan de la Creación y entender su significado.

  • Por otra, pretende dar cuenta del orden que subyace a las manifestaciones de todo el mundo natural mediante su Scala Naturae.

De hecho, el concepto de Scala Naturae no es solamente una escala ordenada de todos los seres que existen. Es un intento de describir el orden verdadero y completo del mundo. Aunque no tiene todas las características de la que llegaría a ser más adelante la Gran Cadena del Ser, su parentesco es manifiesto.

Plotino explica a partir de la ultramundaneidad y el Absoluto la existencia de este mundo, explica que a partir de la unidad se genera la diversidad y que a partir de la perfección aparecen seres imperfectos.

El legado medieval

Tras citar algunos pasajes del Paradiso de la Divina Comedia en que Dante (1265-1321), asume el principio de plenitud, Lovejoy asegura que el autor florentino está bordeando la herejía, aunque matiza que no ha hecho mucho más que repetir afirmaciones que habían sido emitidas antes por filósofos respetables. Y siguiendo el razonamiento nos sorprende con la siguiente afirmación:

La divina bondad significaba creatividad. Pero admitirlo llevaba a considerar que toda la realidad se deducía lógicamente de su propia naturaleza. Para mantener la libertad de Dios era necesario negar que su acción creadora alcanzara a todo lo posible, que, en términos aristotélicos, no todo pasara de potencia a acto.

Si, por el contrario, se extraían todas las consecuencias de la bondad divina, como el paso de las cosas posibles a acto, podría parecer que Dios no es esencialmente bueno.

El pensamiento cristiano medieval, siguiendo a Agustín, optó por dar preeminencia a la idea de Bien. El Bien se asocia a la unidad, la autosuficiencia y la quietud, mientras que la idea de Bondad se relaciona con la multiplicidad, la diversidad y la fecundidad. Simplemente, se prefirió ignorar la segunda opción y con ella sus consecuencias.

El bien último del hombre consiste en el acercamiento a la naturaleza divina. De este modo, el camino de perfección es ascendente. La Scala Naturae aristotélica deviene entonces en camino de perfección que conduce hasta Dios y los seres creados tienen un valor secundario. Para Aquino el hombre debe actuar con bondad hacia los demás seres, pero la perfección humana está en la contemplación de Dios.

Los principios de plenitud y continuidad fueron argumento para justificar la existencia de los ángeles, seres espirituales que habitan en la escala ascendente por encima del hombre.

Renacimiento y Edad Moderna

Bajo la influencia de Aristóteles, los principios de gradación o jerarquía de los seres y de continuidad de las formas a lo largo de la Scala Naturae habían sido aceptados desde los inicios de la Historia Natural, y pasaron del Medievo al Renacimiento como ideas fundamentales e indiscutidas heredadas de tiempos inmemoriales. Aunque pudiera parecer menos importante, era posible verificar la continuidad de los seres mediante el examen del mundo real.

Afirma Lovejoy que, para los neoplatónicos, los escolásticos, los filósofos y los poetas del Renacimiento, el platonismo era un sistema de pensamiento único y, en lo esencial, coherente. Pero enfatiza:

Los principios de Plenitud, Continuidad y Jerarquía, originados en la Antigüedad pero formulados de forma coherente en el neoplatonismo, tienen un papel decisivo en la historia natural del Renacimiento. En su búsqueda de la “armonía de los mundos”, Kepler está seguro de que el Creador ha seguido un criterio racional, en aplicación del principio de razón suficiente.

Se asume la idea de la jerarquía de los seres, bien integrada en la teología cristiana. Se acepta también que las transiciones entre los seres son imperceptibles y casi continuas.  La Escolástica ya había establecido que un mundo perfectamente ordenado no debía presentar lagunas. Para explicar las discontinuidades se argumentaba que había aún muchos seres desconocidos en el mundo natural.

El imprevisto descubrimiento de América llevó al conocimiento de que había seres desconocidos. Su existencia suscitó notable inquietud y una infinidad de preguntas: ¿Cómo encajaban en la Cadena del Ser? ¿Cubrían las discontinuidades? Y la existencia de pueblos desconocidos planteaba también importantes problemas teológicos: ¿Eran hijos de Dios? ¿Cómo podían conseguir la salvación? ¿Eran seres degenerados?

Siglo XVII

Descartes

René Descartes (1596-1650), el filósofo más influyente a fines del siglo XVII, asumió la cosmología de Copérnico y apoyó las tesis de Bruno aunque, prudentemente, presentó el sistema copernicano como hipótesis útil. Cuando hizo afirmaciones que podían ser tomadas por herejías destacó precavidamente que habían sido ya defendidas por clérigos ilustres (como el cardenal Nicolás de Cusa, quien había defendido la existencia de habitantes en otros mundos) sin haber tenido problema alguno con las autoridades eclesiásticas.

Se declara enemigo del uso de argumentos teológicos en la ciencia. Sus razonamientos astronómicos se basan en conocimientos científicos, pero también son coherentes con el principio de plenitud. Postula un universo pleno de substancia extensa cuyo movimiento en vórtices explica el movimiento de los planetas. La omnipotencia divina le lleva a creer en la

“… existencia de innumerables estrellas y sistemas invisibles para nosotros.”

Y asume que la grandeza del universo es motivo de humildad para el hombre.

Es curioso ver cómo, desde visiones cosmológicas opuestas, Montaigne y Descartes coinciden en su desdén hacia el orgullo humano en cuanto protagonista de la Creación.

Spinoza

Baruch Spinoza (1632-1677) aporta dos pruebas de la existencia de Dios, la segunda de las cuales, es aplicable en realidad a todos los seres cuya existencia es posible.

  1. Su esencia implica su existencia
  2. Es necesaria la existencia de todo ser que no sea lógicamente imposible.

De ambas puede deducirse el principio de plenitud y, en consecuencia, el de continuidad.

Spinoza planteó el principio de plenitud de forma inflexible y lo presentó como una necesidad lógica. Sin embargo, era evidente que la naturaleza no parecía ser constante ni completa y no pudo evitar incoherencias significativas en su aplicación.

Puesto que la Razón del Mundo es inmutable, Spinoza infiere la necesidad de «completud» e invariabilidad todo lo que existen en mundo temporal. En un mundo razonable todos los posibles deben actualizarse. Por tanto, todas las cosas y todas las personas deben haber existido y todos los acontecimientos deben haber ocurrido desde la eternidad.

Pero si Dios hubiera creado todas las cosas que había en su mente, ahora no le quedaría nada por crear, lo que cuestionaría la omnipotencia divina. En su esfuerzo por dar respuesta al problema, afirmó  

Spinoza estaba interesado en la necesidad del universo más que en la idea de plenitud. Trató de destacar que todas las cosas que son, según la eterna naturaleza lógica de las cosas, deben y tienen que ser precisamente como son.

En opinión de Lovejoy, Spinoza volvía a plantear cinco siglos después el problema que causó la caída en desgracia de Abelardo. 

Leibniz

Gottfried Leibniz (1646-1716) es el filósofo del siglo XVII que hace las mayores aportaciones a la Cadena del Ser. Los tres principios, plenitud, continuidad y gradación, son para él las características esenciales del Universo.

Leibniz se interesó vivamente tanto por la idea de necesidad del universo como por la idea de plenitud y buscó una salida para evitar el determinismo cósmico. Para eludir el problema filosófico planteado por Spinoza se vio obligado a mantener que Dios no tuvo ninguna razón ni satisfacción para su actividad creadora. La voluntad, según el principio de razón suficiente, está

Hallaba de este modo un espacio de contingencia válido para preservar la libertad divina.

Spinoza había afirmado que la realización del principio de plenitud era necesaria y, por tanto, no cabe calificarla de buena o mala. Leibniz, que también defiende su necesidad, considera que es el bien supremo. La noción de «completud» cósmica le reportaba una viva satisfacción.

Leibniz aceptaba la posibilidad del vacío, pero fuera del mundo real conocido. Según lo concebía, el mundo real no podía tener lagunas, la naturaleza tenía “horror vacui (y Leibniz también). El universo se ajustaba a los principios de plenitud y continuidad y cumplía la máxima “natura non facit saltum”. Sobre el vacío en Leibniz, Lovejoy explica:

El siglo XVIII

Aceptación general

Durante todo el siglo, los supuestos de plenitud, continuidad y gradación gozaron de general aceptación, sobre todo en las ciencias biológicas.

Lovejoy comienza su capítulo constatando que:

“No es posible una correcta historia de las ciencias biológicas del siglo XVIII sin tener presente el hecho de que, para la mayor parte de hombres de ciencia de todo este periodo, los teoremas implícitos en la concepción de la Cadena del Ser seguían constituyendo los presupuestos esenciales del entramado de todas las hipótesis científicas …”

y refrenda este juicio con la siguiente observación de Daudin:

Algunos descubrimientos científicos habían favorecido la aceptación de los principios de la cadena. La microscopía de los siglos XVII y XVIII había confirmado la existencia de una inmensa e inesperada variedad de animálculos que justificaban la continuidad en los niveles inferiores y las exploraciones de distintas partes del globo revelaron la existencia de plantas y animales desconocidos que podrían rellenar los huecos en distintos niveles de la cadena.

La idea de especie

Por otra parte, el auge de la continuidad debilitó la idea de especie, que pasó a ser considerada por muchos un residuo esencialista. La diversidad de la vida fue concebida como una sucesión ordenada de formas cuya variación era casi imperceptible.

Sin embargo, curiosamente, el principio de continuidad ofreció a la Biología un nuevo aliciente, incluso entre quienes defendían las especies. Las investigaciones buscaban microbios, plantas y animales que completaran los huecos o “eslabones perdidos” de la cadena.

Voltaire:

Voltaire (1694-1778) escribió Cándido, una acerada sátira contra Leibniz, caracterizado como «Doctor Pangloss», y su pretensión de que habitábamos el mejor de los mundos posibles. Pero su pluma mordaz también vertió tinta contra la propia cadena del ser en una época en que la idea gozaba de gran aceptación.

En la cita recogida por Lovejoy muestra cómo al principio recibió la idea con agrado y cómo la reflexión posterior le llevó a rechazarla de plano:

La primera vez que leí a Platón y llegué a esta gradación de los seres que se eleva desde el más ligero átomo hasta el Ser Supremo, me sorprendió con admiración. Pero cuando lo miré detenidamente, el gran fantasma se desvaneció, como en los viejos tiempos todas las apariciones debían desvanecerse con el canto del gallo. Al principio, la imaginación se complace en ver la imperceptible transición de la materia inanimada a la orgánica, de las plantas a los zoofitos, de estos a los animales, de estos a los genios, de estos genios dotados de un pequeño cuerpo etéreo a las sustancias inmateriales; y por último, los ángeles y los distintos órdenes de tales sustancias, ascendiendo en belleza y perfección hasta el propio Dios. Esta jerarquía gusta a las buenas gentes que se imaginan ver ahí al Papa y a sus cardenales, seguidos de arzobispos y obispos; tras los cuales vienen los párrocos, los vicarios, los simples sacerdotes, los diáconos, los subdiáconos; luego comparecen los monjes y la fila termina con los Capuchinos.

Para argumentar su escepticismo hacia la Gran Cadena del Ser, Voltaire hizo notar que los cuerpos celestes se movían en el espacio sin sufrir resistencia. El espacio en que se movían los planetas no estaba lleno. No existía una sucesión continua de seres. Y entre los distintos seres podía haber intervalos de espacio vacío.

Buffon

En relación con las veleidades relacionadas con el concepto de especie, Lovejoy cita el caso de Buffon (1707-1788), que en 1749 consideraba tarea vana el esfuerzo de clasificación. Su razonamiento estaba basado en los tres principios de la Gran Cadena del Ser.

Unos años más tarde, en 1765, Buffon cambió radicalmente de opinión al estudiar la infertilidad de los híbridos, y defendió la realidad de las especies como

A pesar de ello, otros autores, como Bonnet (1720-1793) y Goldsmidt, (1728-1774) retomaron el razonamiento abandonado por Buffon. Según ellos, en el orden gradual de la cadena las diferencias entre seres contiguos son tan imperceptibles que la delimitación de una especie es forzosamente una decisión humana arbitraria y no un producto de la naturaleza.

La aceptación general no evitó que el análisis de la idea pusiera de manifiesto algunos problemas. Lovejoy destaca tres dificultades:

  1. ¿Existen las especies como esencias eternas o los seres vivos se distribuyen en un continuum?
  2. El descubrimiento de seres microscópicos permitía postular la extensión de la cadena hacia lo infinitamente grande y hacia lo infinitamente pequeño.  Muchas personas imaginaron aterrorizadas su cuerpo lleno de parásitos invisibles y las hubo también que celebraron la superabundancia de la Creación

Teoría y Biología en el siglo XVIII

En el Renacimiento, la astronomía, la física y la metafísica se liberaron de la influencia aristotélica. La biología, en cambio, mantuvo aún durante siglos su confianza en el estagirita, cuyas observaciones parecían confirmarse.  Y precisamente cuando mayor era la aceptación de la Cadena del Ser apareció la idea de su temporalización. Fue ganando terreno la idea de que la completitud podría ser entendida como un programa a desarrollar paulatinamente.

El estudio de los fósiles llevó a creer que eran en verdad restos de organismos extinguidos. El descubrimiento llevó a los estudiosos europeos a descubrir la profundidad del tiempo, mientras que la Scala Naturae clásica se concebía sin tiempo. Ello facilitó la conciencia de la inmensidad del tiempo en Geología y, posteriormente, en Biología.

La interpretación tradicional estática de la Cadena del Ser se reveló incapaz de explicar los nuevos hechos y las exigencias de los nuevos tiempos. Lovejoy afirma que «se desmoronó en buena medida por su propio peso». Fue ganando terreno una interpretación alternativa en que la plenitud era un programa de la naturaleza que se debía desarrollar a lo largo del tiempo. El Cosmos tenía una historia.

Había seres vivos extinguidos, por tanto el universo no era estable y eterno, sino que variaba con el tiempo. En esta visión, la divina Providencia se ocupaba de cuidar la Creación.  Muchos seres del pasado han perdido su existencia. Las criaturas del presente gozan de su existencia actualmente pero podrían extinguirse. La llegada a la existencia real de un ingente número de criaturas ocurrirá en el futuro.  Lovejoy comenta que de este modo

“El principio de plenitud sólo es válido para el universo en todo su ámbito temporal. El demiurgo no tiene prisa; y su bondad queda lo bastante manifiesta si, tarde o temprano, cada una de las Ideas encuentra su expresión en el orden sensible.”[61]

Voltaire ya había señalado el defecto fatal de ese optimismo que justificaba la plenitud al tiempo que aseguraba la persistencia del mal:

Arthur O. Lovejoy, en su párrafo final, escribe:

© Sensio Carratalà Beguer


Comenta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *